Antibiografía

Pedro Eduardo Salinas Chacaltana nació en Lima, en 1963, al igual que Xuxa, Michael Jordan, Austin Powers, Eros Ramazzotti, Brad Pitt, Helen Hunt, Quentin Tarantino, Ollanta Humala y Magaly Medina. Nació en el año del gato, el año en que Belaunde fue presidente del Perú por primera vez, el año en que Julio Cortázar publicó Rayuela, el año en que estrenaron Bonanza, el año en que Martin Luther King tuvo un sueño, el año en que Juan XXIII murió de un cáncer de estómago después de iniciarse el concilio Vaticano II y le tomó la posta Paulo VI, y que fue, asimismo, el año en que mataron a Kennedy.

Quienes no lo conocen, atribuyen que se llama así, Pedro Salinas, en homenaje al poeta madrileño Pedro Salinas, el de la Generación del 27, y autor de los poemarios La voz a ti debida y Error de cálculo, entre otros. Pero no. La verdad de la milanesa es que lleva el nombre de sus dos abuelos, Pedro Chacaltana Illescas y Eduardo Salinas Noriega. Sin embargo, no le molesta llamarse así porque de esa manera ha podido bautizar su blog como La voz a ti debida sin que nadie le pueda acusar de plagio ante el Indecopi.

Adquirió el asma a temprana edad, y ello suscitó que toda su familia se mudara un tiempo a Chosica, tierra bendita para los asmáticos, hasta que sus padres, Roma y Antonio, constataron que el asma lo perseguiría en Chosica, en Lima, en Surinam, o en Sayán, donde se respira el mejor clima del Perú. Pese a ello, y también prematuramente, se hizo modelo de comerciales, gracias a lo cual su madre se cobró parte de los destrozos que acarrearía luego, al llegar a la adolescencia. Su primer desnudo lo hizo al cumplir su primer año de vida, para una publicidad de Jabón Albión.

Estudió en los colegios San Agustín y María Reina. Y, a pesar de lo que señalan sus detractores, le gustó tanto el colegio que hizo dos años adicionales a los reglamentarios, y pasó por más de uno porque le gustaba hacer amigos.

Alguna instrucción superior también llegó a cultivar. Algo de Filosofía y algo de Psicología. La Filosofía le sirvió para mantener latente su confusión interior, y la Psicología… la Psicología todavía no sabe muy bien para qué le ha servido, pero por lo menos le permitió irse a vivir un año fuera del país. Al extranjero, como se suele decir. Concretamente, migró a la República Independiente e Irreductible de Arequipa, donde se trasladó y estudió en la UNSA (Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa). Pero dicha universidad estaba tan, pero tan ideologizada, que cada vez que quería conversar con algún profesor sobre algún asunto académico, tenía que irse hacia la plaza de armas donde usualmente lo encontraba marchando y sosteniendo alguna banderola con hoces y martillos escarlatas y gritando arengas que atraían a la policía.  

Fue sodálite, y gracias a ello aprendió a entonar marcialmente el Cara al sol, adquirió el gusto por las camisas celestes con coquetos botoncitos en el cuello, y, dicho sea de paso, también constató que la obediencia ciega supone una ignorancia tuerta. Más tarde dejó la religión, aunque algunos manifiestan que fue al revés, porque en las noches, intermitentemente, en sueños, en sueños recurrentes, en sueños recurrentes y algo húmedos, se le aparecía una mujer vestida con una túnica blanca, que le decía susurrante: “Ven a mí, ven a mí, no tengas miedo”. Pero se descarta que haya sido la virgen, o alguna otra virgen, porque ésta, a diferencia de María, la verdadera virgen del cuento, la del sueño tenía el pelo rubio, los ojos delineados, carmín en los labios, y las tetas de Pamela Anderson.

Siempre quiso ser dibujante y guionista de cómics, pero nunca tuvo el coraje de serlo. Nunca. Es propietario de una espléndida colección de historietas de Spiderman, que no le presta ni a sus hijos, y menos, dicen que ha dicho, se las prestará a sus nietos. No le gusta el fútbol, pero dice que nació siendo de la U. Sostiene audazmente que su gurú es Stan Lee, pero se ha verificado que Stan Lee no lo conoce ni le reconoce como hijo espiritual.

Desde hace unos años le ha dado por escuchar incansablemente a Fito & Fitipaldis y al greñudo Zucchero. Así, hasta el día de hoy. No habla inglés, aunque le encantaría aprender euskera.

Entre sus aficiones, de las que pueden ser publicadas, destaca la de montar a caballo y fumar puros. Y si puede hacer las dos cosas a la vez, no lo duda ni un segundo. Salinas, entretanto, ha deslizado que toca el bombo y que, alguna vez, en una vida anterior, integró un grupo llamado Takillakta, que era algo así como el de Los Toribianitos, pero pertrechados de instrumentos andinos y de canciones con evocaciones religiosas.

Tiene la peor opinión de la política peruana, de la misma manera que algunos políticos tienen la peor opinión de él. Detesta prestar libros. Odia a Bob Esponja. Canta cuando está solo en su auto, mientras que, al mismo tiempo, maldice a la combi que lo cruza. Es un convencido, por lo que se sabe, de que deben extirparse las bocinas de los taxis y los microbuses. “No se acabaría con el caos vehicular, probablemente. El día que ello ocurra significará que el Perú dejó de ser un país bárbaro. Y todavía está lejos esa fecha. Pero por lo menos el caos se sentiría como una película muda. Y eso, creánme señores, eso sería un gran avance”, habría dicho en una ocasión. 

Cuando cumplió los cuarenta años, hizo caso omiso de todas las advertencias que le notificaban “si algo no te duele a partir de los cuarenta, es porque estás muerto”, y de aquellas que le recomendaban que debía cuidarse la salud, y esas cosas. Pero, para variar, los consejos sensatos no dejaron huella en él. Ahora, a los cuarenta y pico, es estreñido, tiene un quiste en la rodilla, padece de presbicia, y se ha lesionado la columna (posee por lo menos tres hernias reconocidas). Aunque, ojo, ya no tiene accesos asmáticos desde el día en que murió, por todo lo alto y exhibiendo unos zapatos rojos marca Florsheim, el papa Juan Pablo II. Dicho fenómeno enigmático no sabe si atribuírselo a algún milagro del santo polaco o al hecho de que, desde aquella fecha, en que le dio una neumonía espeluznante que le hizo sentir como una piltrafa humana, decidió dejar de fumar Marlboros rojos para trocarlos por puros comunistas de la isla. Sobre este último vicio adquirido, se sabe que, cuando no tiene plata, los alterna con los que venden en Tarapoto, que son más baratos.

Como muchos, entró al periodismo escrito de casualidad y sin estudiarlo, sólo practicándolo y sin cartón académico alguno que lo acredite como periodista en toda regla, aduciendo que la escritura es una expresión libérrima, fruto de la sensualidad, que le produce hondo placer, el placer de jugar con las palabras, y de manosearlas, para infligirles obstinados tocamientos, con el propósito clásico de dar testimonio. ¿Testimonio de qué?, es una pregunta que todavía no ha podido responder. “Creo que testimonio de mi tiempo”, ha expresado, aunque en tono dubitativo. Hizo televisión, diletantemente, sin arraigar en ella, durante temporadas cortas, como un ave de paso, gitaneando por diversos espacios de televisión. También probó suerte en la radio. De ambos medios, hay que decirlo, lo echaron en más de una oportunidad. Esa inestabilidad laboral lo llevó a trabajar como empresario consultor de instituciones privadas y capitalistas, para buscarse la vida y así poder pagar sus deudas.

Desde hace veinte años, eso sí, viene escribiendo ininterrumpidamente artículos de opinión y columnas, algunas de los cuales terminaron encuadernadas, en formato de publicaciones, como Historias que revientan en la cara, Estamos jodidos y Humaladas. Ahora es un columnista al que le duele la columna. Y desde mayo del 2009, escribe todos los domingos, en Perú21, la columna El Ojo de Mordor, de nombre maloso y amedrentador pero que no le llega ni a la punta del taco de La Chica.21, que sale también el mismo día exhibiendo medidas más persuasivas que los comentarios que Salinas regurgita en el papel. Ha tenido el descaro, incluso, de escribir algunas novelas inefables. Mateo Diez y Álbum de fotos, son una prueba de ello. También es autor de los libros Rajes del oficio y Rajes del oficio 2, que fueron incapaces de vencer a El Secreto en los ránkings (aunque existe una versión de Chachi Sanseviero, considerada por muchos como apócrifa, de que en El Virrey de Miguel Dasso los Rajes del oficio sí se vendieron más que El Secreto, pero no nos consta). Tiene, con Leonie, su última esposa, cuatro hijos: Joaquín, Macarena, Antonio y Lucía. Ninguno quiere ser periodista o escritor, afortunadamente. Y ha sembrado un árbol en Mala para cumplir con el tópico, aunque el molle serrano que plantó le salió torcido.

En 1994 ganó el premio Periodismo y Derechos Humanos (sin considerar las menciones que ha hecho de Salinas la revista Gente). Se lo otorgó la caviarona Coordinadora Nacional de Derechos Humanos, por lo cual el cardenal Cipriani podría inferir, con toda razón y justicia, que su galardón es una reverenda cojudez. Es, además, formal y merecidamente, persona no grata en Juliaca, y ha sido demandado judicialmente, varias veces, por el mismo político malencarado.

Echa de menos a su tatarabuelo Antonio Salinas Castañeda, al que nunca conoció, pero del que ha leído un montón. Admira a su tataratío Gregorio de Salinas Varona, un aventurero español que combatió con los Tercios en Flandes, y más tarde se dedicó a luchar contra piratas, franceses e indios americanos, con la eficiencia de un Rambo del siglo XVII. Salinas está convencido de que si su tataratío Gregorio hubiese nacido en estos tiempos, lo habrían contratado en la transnacional Blackwater.

Le atraen los tatuajes. Jamás cuenta hasta diez antes de publicar algo y siempre está buscando razones y pretextos para oponerse a quien detenta ocasionalmente el poder.

Pedro Salinas, consultado sobre todo lo revelado líneas arriba, como era de esperarse y es habitual en él, lo negó todo. Sobre todo aquello de que tuviera algo que ver con la muerte de Kennedy.