
Tomado de Perú21.- Columna El ojo de Mordor, de Pedro Salinas: 7/3/2010
Eran las cuatro y pico de la madrugada. Estaba en Mala, al sur de Lima, en la chacra, con casi toda mi familia. Prácticamente no había dormido porque los perros habían ladrado durante toda la noche, ininterrumpidamente. Aclarado ese punto, el de los perros, que se habían vuelto locos, ladrando sin motivo aparente, debo añadir que sonó el celular. Y si el teléfono sonaba a esa hora indecente era porque, claro, había pasado algo. Algo grave. Era mi suegra. Acababa de cortar con mi cuñada, que vive en Chicureo, en Santiago, y le había informado del devastador terremoto. No le pasó nada a ella ni a su familia, por suerte. Pero le dijo que, en los casi tres minutos que duró, no podían caminar. No porque se congelaran de miedo, que también, sino porque era físicamente imposible debido a la forma como se movía la tierra. No obstante, lo que hizo que me levantara como un resorte fue el dato. Ocho punto ocho en la escala de Richter. Casi nueve. Casi Sumatra, o sea. Corrí a mi Blackberry, a Internet. Las informaciones confirmaban lo que le había dicho mi cuñada a mi suegra. Ocho punto ocho. No solo ello, sino que advertían de un tsunami “potencialmente destructivo” en las costas de Chile, Perú y Ecuador. Me cago en Dios, pensé, y corrí a cambiarme, en plan Flash. La billetera al bolsillo y una linterna, por si acaso. Nada más. Luego, todos al auto. Hijos, esposa, nana, amigos de mis hijos. Y oigan, no habían pasado ni cinco minutos entre la llamada y la trepada a la camioneta. Vaya. Todo un récord. La idea era moverse hacia algún lugar más alto del que estábamos, que, aunque la chacra está alejada de la playa, no dejaba de ser un lugar plano, al nivel del mar. Bueno. Hasta ahí todo en sus tiempos. Ni practicándolo nos habría salido mejor. El problema era que mi hijo mayor no estaba con nosotros. Estaba en casa de un amigo en la playa, en Asia, por lo que antes de subir hacia los pueblos de Santa Cruz de Flores o Azpitia, identificados en mi cabeza, y en ese fugaz y adrenalínico momento, como refugios naturales para un tsunami, salimos al rescate del primogénito. Llegamos a la carretera, rápidos y pálidos. Los niños medio dormidos, sin tener una puñetera idea de lo que pasaba, empezaron a preguntar qué estaba sucediendo, de qué se trataba esta historia, y qué hora era porque todo estaba oscuro, mientras agarrábamos rumbo a toda pastilla. Me impresionó la cantidad de autos tomando la Panamericana con dirección a Lima a esas horas de la madrugada. Menudo espectáculo. La familia que había alojado a mi hijo tomó la precaución de trepar a un cerro. Nos encontramos ahí, previa coordinación telefónica, le subimos al auto, y de ahí nadie nos detuvo hasta la plaza de armas de Flores, un pueblo vecino a Mala, que debe estar unos cien metros sobre el nivel del mar. Ahí encontramos otra cuadrilla de autoevacuados precavidos, como nosotros, aunque ellos venían de las playas. Sintonizábamos RPP y las informaciones de la prensa internacional, para saber cómo iba la cosa en Chile y qué novedades se habían producido por estos lares. Un capitán de fragata, sin despeinarse, anunció que acá, en Perulandia, no pasaba nada. Nada de nada. Que apenas se produjo una olita de medio metro, de esas que desdeñan hasta los tablistas principiantes. Otro grupo de refugiados que, como Robinsones, andaba por las inmediaciones de Flores, parece que escuchó al marino que apareció por las ondas electromagnéticas, y se retiró con las mismas. Sin embargo, al poquísimo rato comenzó a llegarnos noticias de que en Paracas, Pucusana y otros balnearios, el mar se estaba retirando con roche. Dicho de otra forma, el Popeye de uniforme soltó una información sin basamento alguno. Como Alan García, cuando anunció, minutos después del terremoto de Pisco, que no hubo ningún muerto.
Como sea. Cada uno es cada cual, y no voy a juzgar a quienes evacuaron de Asia a Lima, transitando durante una hora y pico, por la carretera, en paralelo al mar. Tampoco lo voy a hacer respecto de quienes se la tomaron con calma y espíritu zen, fumando un Marlboro americano. Finalmente, y gracias a Zeus, la anécdota del último fin de semana no pasó del susto, y sirvió como lección.
Pero luego, maldita sea, luego leí la entrevista que le hizo Milagros Leiva a Ronald Woodman, y qué quieren que les diga, me hirvió la sangre como a Sansón aquel día en que decidió cargarse a los filisteos. Woodman, les decía, que sabe de estas cosas y además es presidente del Instituto Geofísico del Perú, ratificó algo que no era difícil de sospechar. Que nuestro sistema de alerta de tsunamis no funciona. Que hace más de un año se ha solicitado un millón de dólares para renovar el sistema, pero el gobierno aprista, niènte, no da razones, mira al techo, se hace el cojudo. Que en Lima ya ha habido un tsunami, en 1746, y las reglas de la naturaleza indican que todo lo que sucede geológicamente, se replica con la misma o mayor intensidad que en el pasado. Que ya pasaron más de 260 años de esa catástrofe y todavía no ha sucedido lo más terrible. Que, por lo tanto, deberíamos estar preparados para lo peor. Que Chile tuvo un sismo el año pasado, y por eso incrementó su presupuesto en prevención de desastres en 60 millones de dólares para mejorar sus sistemas de alerta, e igual miren cómo les ha afectado. Que, por esas razones, un país debe tomar decisiones sin necesidad de esperar fechas o nuevos desastres. Que si hoy sucediera un terremoto con tsunami, como lo que acaba de producirse en Chile, esta ciudad se va al infierno en cuestión de minutos.
No tenía previsto escribir nada sobre esto, sino sobre otra cosa, pero ya ven. Hasta me excedí en el espacio.