Entrevista a Herta Müller, Premio Nobel de Literatura

Publicado: 2010-07-21

Tomado de XL Semanal.- Esta escritora de aspecto frágil y mirada penetrante sabe de lo que habla. Su madre fue deportada a Ucrania, donde pasó cinco años en un campo de trabajo. Ella misma fue perseguida y hostigada por la Policía política de Rumanía y formó parte de un grupo de acción política de escritores contra el régimen de Ceaucescu. `La Nobel de los desposeídos´ se confiesa en XLSemanal.

Atraviesa el frondoso jardín del hotel donde está instalada en Madrid con una fragilidad incierta, tan infantil como engañosa, que queda flotando entre los sauces al término de nuestra cita. Donde uno cree ver en la distancia a una mujer de negro que camina desvalida y envuelta en el humo de su cigarrillo, la realidad desvela, durante el tú a tú, a una escritora de carácter y mirada imponentes. De ahí la advertencia para quienes pretendan entrevistar, a partir de ahora, a Herta Müller [Nitzkydorf, Rumanía, 1953]: ¡cuidado con su mirada! ¡Presten mucha atención a sus nítidos ojos! ¡No se relajen! Podrían caer, si no, al vacío gris que hay detrás de ellos. Eso, después de constatar que, en materia de responder preguntas, la Nobel es una especialista.

XLSemanal. ¿Cuántas veces fue interrogada por la securitate rumana?

Herta Müller. No he logrado contar el número de veces. Había diferentes métodos. Me obligaron a trabajar durante tres años en una fábrica de maquinaria antes de marchar a Alemania. Se presentaban de repente allí y me metían en una oficina. O me pedían que fuese a un sitio determinado. En otras ocasiones se presentaban en mi vivienda y la registraban de arriba abajo. O me pillaban en plena calle para meterme a la fuerza en un coche. Era entonces cuando pensaba: «¡De aquí ya no salgo!». Pero no las he contado. Imposible contarlas. ¡Es que esta pregunta sólo se puede hacer cuando uno nunca ha sido interrogado!

XL. Por eso se la hago. ¿Qué aprende un escritor de esa experiencia, si es que se aprende algo?

H.M. Nada. Hubiese aprendido lo mismo sin necesidad de pasar por algo así. Eso no es ninguna escuela. No sirve para nada. Simplemente es impotencia, debilidad, inseguridad y también humillación. Vives absolutamente entregado a ‘ellos’ y de eso no puedes aprender nada.

XL. ¿Por qué se muestra tan reacia en las entrevistas a hablar sobre sus métodos, hábitos o manías a la hora de escribir?

H.M. Porque a mí las conversaciones sobre cómo escribo me parecen muy triviales. Es un trabajo exactamente igual que cualquier otro. Cada uno lo hace a su modo. Lo importante es lo que sale una vez que está escrito, el resultado. Por eso me cuesta mucho contar si escribo por la mañana o por la noche, con lápiz o con bolígrafo o si me pongo a escribir directamente con el ordenador. Eso me parece un asunto absolutamente trivial. Sinceramente, cuando me hacen este tipo de preguntas, no sé bien qué contestar. Me encierro, claro. Cuando uno escribe, está claro que se tiene que encerrar, ¿no? Uno puede escuchar música y planchar al mismo tiempo, sin lugar a dudas. Pero planchar y escribir a la vez es algo que no funciona [sonríe, irónica]. Lo siento, pero no puedo decir mucho más sobre este proceso.

XL. Pues hablemos de lo ya publicado. Rememora en Todo lo que tengo lo llevo conmigo, su última novela, la persecución sufrida por los alemanes rumanos en tiempos de Stalin.

H.M. En enero de 1945, unos meses antes de que terminase la Segunda Guerra Mundial, la antigua URSS decidió que se deportase a la minoría alemana que había en Rumanía. Se los deportó a unos llamados `campos de trabajo correctivos´ para contribuir a lo que ellos denominaban la `reconstrucción de la Unión Soviética´, una Unión Soviética que había sido literalmente destrozada por el régimen nazi. Hay que tener en cuenta que, en un primer momento, Rumanía era un Estado fascista, controlado por el régimen de Ion Antonescu. Estaban del lado de Hitler. Luchaban siempre del lado donde estaban las SS. Lo que hizo Rumanía fue cambiar de bando poco antes del final de la guerra, pero habían luchado siempre a favor del Ejército alemán. Por eso le resultó tan amargo a la minoría alemana el hecho de ser deportados.

XL. De hecho, se trata de una cuestión que a usted le toca bastante cerca.

H.M. Así es. Yo quería tratar el tema de la deportación a partir de la figura de mi madre, que estuvo cinco años internada. Regresó después, como tantos otros, al pequeño pueblo rumano del que había partido, pero estaba tan dañada que con 30 años ya se sentía vieja y no era capaz de sentir alegría por nada. Por eso sólo hablaba de su experiencia en Rusia de forma soslayada. Es más, todo el pueblo había sido deportado, pero nadie hablaba del tema. Hasta que conocí a Oskar Pastior.

XL. ¿Quién es Oskar Pastior?

H.M. Es un poeta rumano que pertenecía a una generación mayor que yo. Es decir, era de la edad de mis padres. Se marchó de Rumanía en el 68. Fue a hacer una visita en la parte occidental y se quedó allí. Comenzó a escribir en serio una vez que se estableció en Alemania. Lo anterior que había hecho, en Rumanía, era una poesía totalmente tradicional, convencional. Tenía muchísimo miedo. En primer lugar, por haber estado en un campo de trabajo; en segundo, porque era homosexual. El hecho de haber revelado su homosexualidad en el campo de trabajo le hubiera llevado a pasar muchos más años encerrado. Era alemán. Formaba parte de la minoría rumana alemana. Tenía 17 años cuando entró en el gulag. Lo convierto en protagonista de mi novela.

XL. ¿Cuándo y dónde lo conoció?

H.M. Yo ya sabía que a él le habían deportado igual que a mi madre. Llegué a conocer su obra en Rumanía. Por supuesto, bajo cuerda. Eran libros que se conseguían bajo mano, de contrabando. Se había establecido en la parte occidental y era persona non grata para el régimen. Además, yo conocía sus obras porque él leía muchísimo. Hacía excelentes lecturas de su propia obra que también se pasaban de contrabando grabadas en casetes. Era un gran orador. Por tanto conocía sus libros. Durante muchísimo tiempo, en la parte occidental no tuvo reconocimiento alguno. Se trataba de un emigrante pobre. A lo largo de los años, sin embargo, recibió muchos premios. Incluido el más prestigioso de literatura alemana, el Georg Büchner. Lo más estúpido de este asunto es que justo antes de que se le pudiese hacer entrega del galardón, en 2006, falleció.

XL. ¿Qué tipo de literatura hacía?

H.M. Poesía, fundamentalmente. Fue el único miembro alemán de Oulipo, el grupo de escritura limitada. Cuando se estableció en Occidente, comenzó a escribir una literatura muy experimental y siempre llegó a afirmar que su propio lenguaje se había roto a partir de su estancia en el gulag. Inventó un idioma único, suyo, diferente. Creó muchas palabras nuevas. Incluso los textos que a primera vista podían parecer más normales fueron transformados utilizando un lenguaje surrealista. Tiene una obra increíble. Magnífica. Por otro lado, también fue un buen traductor de alemán. Tradujo literatura rusa y también a los grandes surrealistas rumanos: Tristan Tzara, Victor Brauner y Eugene Ionesco.

XL. ¿De qué manera definiría el tipo de literatura que se dedica a escribir usted?

H.M. No puedo contestar esa pregunta. No lo sé. He vivido en una dictadura. Es un tema que no he elegido. Forma parte de mi biografía. Sospecho que de no haber crecido en una dictadura como la de Ceaucescu, hubiese escrito sobre otros temas. Pero uno escribe sobre la experiencia. En mi caso, la experiencia ha sido muy drástica. Son las experiencias extremas las que te hacen escribir sobre ellas. La buena literatura siempre se va ahí donde realmente notas el peso de lo vivido y donde realmente notas los daños que puede infligir la vida. La mitad de la literatura mundial describe la historia de ese daño infinito que se ha podido sufrir. Quiero recordar a escritores como Jorge Semprún, un gran escritor; o Primo Levi; o Imre Kertész; o Antonio Lobo-Antunes; o las experiencias del gulag que narró Alexander Soljenitsin.

XL. ¿Combinan bien política y literatura?

H.M. Sin duda. Yo, de joven, pertenecí al Aktionsgruppe Banat, una tertulia de escritores idealistas rumano-alemanes. Éramos un grupo político de acción, pero sobre todo compuesto por gente dedicada a la literatura. La mayoría de los autores rumanos no se preocupaba en absoluto por la política. Por eso no ha habido apenas disidentes en Rumanía. Nosotros estábamos bastante solos. Éramos amigos de muchos, pero cuando se trataba de estos asuntos, ahí carecíamos de... ‘compañeros’ [dice en español; y ríe].

XL. ¿Qué otros autores marcaron su formación como escritora y lectora?

H.M. He leído mucho a Thomas Bernhard. Todas sus obras. Siempre lo he admirado muchísimo. Leyéndolo, he pensado que escribe justo lo que yo he vivido, pero lo escribe de una forma totalmente diferente. También me ha interesado mucho, desde siempre, Jorge Semprún. He leído todo de Semprún. He disfrutado cada una de sus obras. Sobre todo me ha impactado el poder de su lenguaje. He admirado cómo describía su visión del comunismo en los años cincuenta. La forma en que hablaba de ello y las consecuencias que extrajo. Pero sobre todo he admirado de ello su integridad. Una integridad, por un lado, estética y, por el otro, política. Semprún ha sido un escritor muy importante para mí en ese sentido.

XL. Pasemos a otra influencia. ¿Recuerda cuándo leyó Cien años de soledad por primera vez?

H.M. [Sonríe] Sí, lo recuerdo. Es más, le diría que Macondo es Nitzkydorf, el pueblo del que yo procedo. Gabriel García Márquez siempre me ha gustado mucho. Hay, además, una gran cercanía en la forma de entender el mundo entre los rumanos y los latinoamericanos. Son países que, tanto por la cercanía de sus lenguas como de su historia, se asemejan mucho. Pero no tanto en la literatura, sino en lo que es la vida cotidiana. Eso es lo primero que aprendí gracias a la literatura: que el lugar geográfico no es lo importante. De hecho, la crítica me ha vinculado siempre al realismo mágico latinoamericano y estoy de acuerdo con ello. Lo curioso es que los autores del boom latinoamericano se tradujeron muy pronto al rumano. Yo leí por primera vez Cien años de soledad en rumano. Y luego, posteriormente, lo leí en alemán.

XL. La prosa contenida, concisa y descarnada que usted escribe recuerda la que escribía Rulfo.

H.M. [Sorprendida] Rulfo. Yo he leído un libro suyo en algún momento, pero no recuerdo el nombre. ¿Es posible que no haya escrito demasiados? ¿Puede ser?

XL. Lo es. Apenas dejó obra escrita. Un libro de cuentos y una novela, Pedro Páramo.

H.M. ¡Pedro Páramo! Eso es. Hace mucho de eso. Pero recuerdo que me encantó. Es curioso. También he leído mucha poesía. De todas formas, el género me da igual. Lo importante es que tenga intensidad estética. Que brille, pero al mismo tiempo haga daño.

XL. ¿Y hay algún escritor español en su larga nómina de lecturas de formación?

H.M. No muchos. Lorca, por supuesto. Federico García Lorca es uno de los que más leí.

XL. Ahora que hablamos de él. Estuvo allí recientemente y comparó el barranco de Víznar, lugar donde está enterrado el poeta, con las fosas de Bosnia.

H.M. Recuerdo haber sentido realmente frío en aquel lugar, aunque era un día soleado. Era un gran tema en Semprún. Lo que la naturaleza dice siempre es indiferente. Estás allí, ves los árboles, ves las piedras y parece que todo es lo mismo, que puede tratarse de un paisaje cualquiera. No tienes otro criterio que el estar allí. Entonces es cuando piensas que tanto las piedras como los árboles tendrían que decir algo. Avisarnos. Recordarnos a gritos lo que allí pasó. Al final ves ahí todo lo que tienes en la imaginación.

XL. ¿Qué siente cuando parte de su pasado vuelve ahora?, ¿cuando un tal Radu Tinu, antiguo miembro de la securitate, la tilda a usted de ‘paranoica’ en el diario rumano Adevarul?

H.M. [Muy seria] Eso siempre se ha dicho de mí. Cualquier persona que me hubiese interrogado por parte de la securitate siempre afirmó que yo era una paranoica. Es lógico. Ellos me estaban persiguiendo, pero luego me decían que no era más que una pura invención. Sin embargo, si por aquel entonces había alguien paranoico, eran ellos mismos. Lamentablemente, siguen comportándose ahora de la misma forma que lo hacían entonces. Se siguen entendiendo como una ‘élite’. No reconocen, en absoluto, lo que han hecho. Es gente que sigue hablando de las maravillas de la dictadura de Ceaucescu, e incluso de Antonescu, y dicen que aquello era una sociedad familiar.

XL. Radu Tinu no quedó ahí. Dijo que se la trató con ‘guantes’ porque estaba siendo captada por el servicio secreto alemán y que...

H.M. [Corta, muy seria] ¡No merece la pena ni perder dos palabras en ello! Los alegra si hablamos sobre ello. ¡Porque no vale la pena, desde luego! ¡Los desprecio! ¡Que se callen de una a vez y que se queden donde están! ¡Por favor, vamos terminando la entrevista ya porque mi paciencia se está agotando!

XL. Tres más. ¿Qué está escribiendo ahora mismo?

H.M. ¡Nunca hablo de algo que todavía no he acabado, lo siento!

XL. El mismo año pasado en que le dieron a usted el de Literatura concedían a Obama el Nobel de la Paz.

H.M. Sí, pero no coincidimos. No le puedo contar mucho de él.

XL. A él se lo dieron por «apostar por un mundo sin armas nucleares». Es como si premiasen con el Nobel a un joven escritor por las obras que aún no ha escrito, ¿no cree?

H.M. [Sonríe, irónica] Pues sí. Pero he de decir que, a pesar de todo, me alegré de que se lo concediesen a Obama porque tiene un carisma increíble. Y sí, pretende arreglar el tema de las armas nucleares. El tema de Irán, con la bomba atómica. Ha querido tender un puente con los islamistas, aunque ellos no lo han aceptado. Ahmadinejad no puede aceptar que le tiendan ningún puente porque entonces desaparece del mapa político de su país. Tiene que mantener el ‘diablo americano’ entre su población para justificar las represalias internas en su país. Al menos Obama ha intentado ir en esa dirección. Todos sabemos que en política hay muchas cosas que, aunque sean buenos principios, no se pueden realizar. Ya ha tenido que retroceder bastante en cuanto a sus ideales. Pero eso se debe a la cruda realidad. Y también a la realidad americana.

XL. Última. Acaba de fallecer Saramago...

H.M. [Corta] Sí, pero no era tan mayor, ¿no?

XL. Tenía 87 años.

H.M. ¡Ah!, yo pensé que tenía menos.

XL. Será porque su mujer tenía casi 40 años menos y eso, según dicen, lo mantuvo joven.

H.M. Puede ser... Puede ser.

XL. ¿Ha leído alguna obra suya?

H.M. Sí, siempre he leído algo de todos. También de Lobo-Antunes y mucha otra gente, pero ahora mismo no recuerdo los títulos.

XL. A Saramago le mantuvo joven el amor. ¿A usted qué la mantiene joven?

H.M. [Sonríe irónica] No soy tan joven. Yo siempre me he sentido vieja porque estaba absolutamente rota, destrozada por dentro. Cuando salí de Rumanía, mi situación psíquica era tal que confundía la risa con el llanto. Y realmente estaba al final de todo cuando me marché del país. Si no me hubiese marchado de Rumanía, yo ya no existiría.

David Benedicte