Luis Fernando Figari

Publicado: 2010-12-26

Tomado de Perú21.- Columna El ojo de Mordor, de Pedro Salinas.- Ha renunciado al cargo de superior general, dice, “por motivos de salud”. Pues, la verdad, espero que no padezca ninguna enfermedad terminal, o degenerativa, porque no le deseo mal a nadie. Pero debo revelar que a Luis Fernando Figari, fundador del Sodalitium Christianae Vitae (ahora Sodalicio), no le tengo ninguna simpatía, como no se la tengo a ningún sátrapa.

Lo conocí en 1980, al finalizar un retiro, en una pequeña capilla del colegio Champagnat, en Miraflores, cuando yo estaba aún en edad escolar. Era tan gordo como Obélix, usaba anteojos, lucía unos bigotes desangelados, como de morsa, vestía pantalón azul y una camisa celeste con botones en el cuello, y trataba de disimular su calvicie peinando algunos pocos pelos negros en sentido contrario, al estilo Montesinos. Hablo de memoria, claro, porque gracias a dios no le he vuelto a ver desde hace mucho.

Me lo presentaron entonces como el jefe, como il capo di tutti i capi. Como el número uno de la cosa. Como el líder de un movimiento, incipiente todavía, que pretendía remecer el planeta entero desde sus cimientos. Es una de las personas más brillantes de este país, me dijeron, capaz además de conocer la esencia de las personas con apenas una mirada directa a los ojos, que era como un poder. Algo así como un don mutante. Bueno. Era lo que decían sus áulicos. Y yo, qué creen, adolescente ingenuo, intentando escapar del dolor de la separación de mis padres, con problemas disciplinarios en el colegio, necesitado de verdades inamovibles y trascendentes en las que creer, y de un grupo humano solidario que me ofrezca seguridad y confianza, como reza el eslogan de una afp, y que, de paso, me explique el mundo, que esa es otra, pues adivinen. Terminé enganchado en el Sodalitium y me convertí en un talibán, mucho antes de que supiese que existía la palabreja. Figúrense.

Me transformé en un radical de tomo y lomo, vamos. En un fundamentalista. Distanciado de mi familia, mis amigos y mi enamorada de toda la vida –lazos que me ayudaron a cortar con no poco entusiasmo–, pasé a formar parte de la milicia de Figari, que se cohesionaba a partir de una estructura vertical y totalitaria, donde su palabra, que era nada menos que la del Superior (así, con mayúsculas), era un dogma de fe. Porque la de Luis Fernando, señores, era la mismísima voz de dios, solo que un tanto aflautada. Él, si no quedó claro, era una suerte de semidivinidad, algo entrada en carnes, por cierto, a la que se debía obediencia ciega. Y sus indicaciones y preceptos, debían ejecutarse sin dudar. Como se los cuento. Tal cual.

La cosa llegaba al extremo de exigir todo el tiempo la adhesión total al movimiento, y de darle tratamiento de iscariotes y cobardes a los que se cuestionaban, y en ese plan. Figari era un déspota, o sea.

En el cenáculo del autócrata, cómo les explico, uno dejaba su mente, y casi la vida. O sin casi. Porque al sodálite –que así me llamé durante una época– se le adiestraba hasta en los más mínimos detalles. A través de lecturas fascistas. De regímenes cuartelarios. O de ritos sectarios, que eran acompasados por marchas y canciones marciales, por no decir carlistas, o requetés. O hasta nazis, oigan. Y no exagero. El Cara al sol, de José Antonio Primo de Rivera, lo aprendí ahí, verbigracia, en el Sodalicio. Por mostrar solo un botón. Un botón facho, digo.

Y no sigo porque el espacio es breve y me tengo que descolgar de esta columna. Como sea. Solamente me queda confiar en que la salida de Figari –en beneficio de mis ex hermanos en la fe católica– se lleve consigo su intolerancia y sus embustes, y su recelo enfermizo contra las libertades individuales. Porque confieso, como alguna vez escribió Mario Vargas Llosa, que el integrismo de organizaciones como el Sodalicio, los Legionarios de Cristo o el Opus Dei, me produce escalofríos. Escalofríos que pelan.

A todo esto, feliz navidad, Luis Fernando. Ojalá que la jubilación te sirva para hacer una revisión crítica de tu vida y para educarte en la mansedumbre, aquella consejera de las buenas decisiones, que aplaca la soberbia y la dureza del corazón.