Muy satisfecho, un viejo le cuenta a otro que ha corrido cien kilómetros sin detenerse. El amigo le responde: “Eso es mentira”. Y el primero, sin perder un ápice de entusiasmo, le contesta: “Sí, es mentira, pero ¿a que es muchísimo?”.

El chiste lo contó el escritor español Adolfo Muñoz en las páginas de El País. No me hizo reír, la verdad, pero la gracia del cuento reside en que la falsedad no invalida el razonamiento. Pura posverdad, como enfatiza Muñoz, al tratar de explicar esta palabreja de moda, que es una idea que trata de expresar lo siguiente: Que algo aparente ser verdad, aunque lo sea en parte o no lo sea del todo, ese algo es más importante que la propia verdad.

Una posverdad es algo así como una declaración engañosa y artificiosa. Una verdad a medias, ilusoria, usada para insuflar percepciones e instalar creencias, para, de esa manera, controlar determinados mensajes. A través de las posverdades se busca deliberadamente que lo inexacto se vuelva una cosa cierta. En ellas, en las posverdades, todo se mezcla y todo se confunde, y se manipula la información para que la gente no pueda conocer cabalmente qué es verdad y qué es mentira. Descontextualizándolo todo. Propalando partes pequeñas de la verdad o rumores con sabor a emboscada que se repiten como mantras.

Adolfo Muñoz intenta ilustrar el tópico mencionando los Protocolos de los sabios de Sión (San Petersburgo, 1902), libro en el cual se detallan los planes de una conspiración judeo-comunista-masónica para apoderarse del mundo. En 1921 quedó demostrado, recuerda Muñoz, que los Protocolos fueron una falsificación realizada por la policía secreta del zar. No obstante, fue tan eficaz la adulteración de la realidad, que, años más tarde, Hitler, sabiendo que los Protocolos eran una farsa, igual los citó y los divulgó incansablemente. 

Como hicieron tantos antisemitas en el mundo. Uno de ellos fue el peruano Luis Fernando Figari, quien en los tiempos aurorales del Sodalitium, nos hacía leer a sus sodálites los Protocolos y una decena de libros que alentaban el odio hacia los judíos.

Pero al leer el texto de Muñoz, antes que pensar en Figari, lo que vino a mi cabeza fue la figura del cura sodálite Jaime Baertl, el primer clérigo de dicha institución y el de mayor ascendencia en el Sodalicio de Figari. Y no me digan que no, pues hasta el día de hoy resulta que el único responsable de los abusos psicológicos, físicos y sexuales es Figari. Y nadie más. Como si Figari hubiese perpetrado todos los crímenes que se le imputan, sin que nadie se entere, sin cómplices ni apañadores.

A Figari lo declaran “persona non grata”, pero a Baertl le pagan un abogado carísimo como Arsenio Oré. A Figari hasta lo ‘pechan’ en los denominados sodavideos, pero a nadie se le ocurre señalar a Baertl. O sugerir que lo expulsen. Por encubridor.

Su facilidad para el cinismo y la zalamería lo convierten, a todas luces, en un mentiroso compulsivo y redomado. Sus dos citaciones ante el ministerio público así me lo demuestran. Se trata de huaycos de palabras en los que las verdades y las mentiras se entrecruzan, erosionando la realidad, fisurando lo certero, intoxicando lo genuino.

Afirma que recién me conoció en 1984 (año en el que entro a una comunidad sodálite), y no antes, en 1980, cuando él y otro sodálite ingresaron a mi colegio para captar adolescentes con el pretexto de un retiro para la confirmación.

Niega haber tenido conocimiento de abusos sexuales en sus más de cuarenta y pico años de sodálite (algo bien difícil de creer; más aun cuando él mismo me reveló hacia finales de los ochentas, en su oficina de Lizardo Alzamora, el caso de un jerarca sodálite, abusador sexual, que, para más señas, era su mejor amigo; en esa reunión, todo hay que decirlo, me dio hasta algunos nombres de sus víctimas: yo ya estaba fuera del Sodalicio, y furioso, porque había estado trabajando con el abusador y Baertl recién me contaba la verdad, constatando que estuve en una situación de riesgo que el Sodalitium pudo haberme evitado, si me decía la verdad). Niega haberle ordenado a Martín Scheuch, su dirigido espiritual, desnudarse totalmente y follar con una silla.

Niega haber sido mi director espiritual en mis primeros meses de aspirante, en 1983, y haber sido mi confesor. Niega los abusos. Niega los maltratos. Niega que muchos podían ingresar al Sodalicio siendo menores de edad (como mi hermano, por ejemplo). Niega que Figari haya tenido sirvientes. Lo niega todo. Para rematar diciendo: “Yo lo que he hecho toda mi vida es anunciar al Señor”. Conchudo.

TOMADO DE LA REPÚBLICA, 5 DE FEBRERO DEL 2017