Se mire por donde se mire, eso que hizo la fiscal María del Pilar Peralta al tachar nuestras pericias de parte, fue algo deleznable. Ocurrió, para quienes han seguido el tema, durante el proceso de la supuesta investigación fiscal sobre el Caso Sodalicio. En vez de desestimarlas con argumentos y luego de revisarlas o siquiera leerlas, decidió rechazarlas de plano.

 

Lo que pasa es que, en fin. El despropósito siempre sabe mal. Y deja un sabor amargo, además de revelar un cóctel de ignorancia, demagogia y mala fe. Porque a ver. Si bien las metidas de pata de la fiscal Peralta fueron abundantes, en mi pequeña opinión, una de las más estruendosas fue la tacha de los peritos Jorge Bruce y Dante Wharton, que vulneró con roche nuestro derecho como denunciantes a un debido proceso.

 

Bruce y Wharton, dos reconocidos profesionales con conocimientos especializados en sectas, fueron los responsables de evaluarnos psicológicamente a los cinco exsodálites denunciantes. Ambos estuvieron apoyados, a su vez, por destacadas psicólogas, de lejos más confiables que los peritos oficiales, que, si me preguntan, se dedicaron, además, a revictimizar a las víctimas, como ya he contado en un post anterior aquí en mi blog.

 

Pero nada. La fiscal decidió, ante sí y porque sí, que había que recusar a Bruce y a Wharton porque resulta que ambos habían opinado en el pasado sobre el Sodalitium, descalificándolos por eso. Por sus opiniones. Sin distinguir el hecho de que un punto de vista personal sobre una materia nada tiene que ver con su capacidad para evaluar psicológicamente a un paciente. O a cinco, como en este caso.

 

Y claro. Como el sesgo y los prejuicios de la fiscal afloraron a lo largo de todo el proceso, sin pudor ni rubor alguno, creyendo que con ese tipo de posturas estaba salvaguardando la fe católica peruana, o qué sé yo, la presentación de nuestros peritos no fue la excepción a su efervescente credo. Y sin pestañear, se los chifó en una. Dándole toda la credibilidad a la versión de los peritos oficiales del Instituto de Medicina Legal, aquellos de los tests del año de la pera y de los malos e indolentes tratos, cuyos informes mal escritos y con pretensiones de objetividad, hechos a base de inútiles pruebas proyectivas, fueron incapaces de asir la esencia del fenómeno.

 

De mí, por ejemplo, apunta la pericia hecha por el ministerio público lo siguiente: Que tengo una mediana inteligencia. Con buenos niveles de razonamiento abstracto. Con capacidades analíticas deductivas adecuadamente desarrolladas. Que tengo una inteligencia emocional desarrollada.Que tengo una memoria adecuada. Que soy una persona impulsiva con un componente antisocial. Que soy impetuoso, irritable, desconfiado, vengativo, inflexible. Y así. Cosas con las que no voy a hacer cuestión de estado. Pero lo más sorprendente e indignante fue la parte en que señala que no registro ninguna lesión física ni psicológica en la niñez, adolescencia y juventud. Y menos, vinculada al Sodalitium.

 

Las conclusiones las firman Elmer Salas Asencios (quien mientras me interrogaba, atendía a sus alumnos y a quien ingresara por el consultorio sin tocar la puerta, pues esta siempre estaba abierta; y quien quisiese podía escuchar todo lo que ahí se decía) y Ruth Marylinda Ostos Mariño, cuyo nivel de empatía con sus pacientes era el mismo que el de Hannibal Lecter con los suyos. Tal cual.  

 

Mi psicóloga, Vicky Arévalo, quien me trata desde hace varios años, certificó para el proceso que mi paso por el Sodalitium –y la forma en que me manipularon para destruir la relación con mi padre-, entre otras cosas, me ha afectado de manera importante. Hasta enero del 2016, padecía de Estrés Post-Traumático, les cuento.

 

Más todavía. En las recomendaciones que hace sobre mi caso la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación, que convoca el propio Sodalicio, y que integró la psiquiatra Maita García Trovato, se relieva que hubo un “daño infringido” y que dicha institución produjo un impacto psicológico negativo en mí. Y dice más, por cierto.

 

Pero a la fiscal todo ello le importó un comino. Como le importó un carajo lo suscrito en la pericia que me hace Jorge Bruce, en la que concluye: “Se le anuló totalmente su capacidad de decidir en libertad (…) Estas prácticas (en alusión a las perversas técnicas figarianas de coerción psicológica) en la edad en que comenzaron y por la forma como se ejercieron, incluida la violencia, anularon totalmente su capacidad de libre albedrío e implicaron una pérdida real y objetiva de su libertad como persona”.

 

El reporte de Bruce es largo. Y en lo personal, hasta triste y doloroso, si me preguntan. Pero hace notar nítidamente que mi tránsito por el Sodalitium tuvo secuelas que afectaron mi salud psíquica y emocional. Porque a ver. A pesar de que a la fiscal Peralta Ramírez no le dio la gana de enterarse, ello no ha sido óbice para que mucha gente sí haya abierto los ojos y se haya dado cuenta de lo tóxica que puede ser una organización religiosa y de características sectarias como la que fundó Luis Fernando Figari.   

 

No habremos ganado formalmente en la búsqueda de la justicia estatal (aunque vamos a ver qué ocurre con el recurso presentado por nuestro infatigable abogado Héctor Gadea, del Estudio Benites, Forno & Ugaz), pero esta larga batalla por establecer la verdad con el propósito de hacer justicia ha tenido un correlato significativo gracias a los medios de comunicación. Y ahí sí creo que se ha marcado una diferencia.   

 

Y bueno. Ya está. Por lo menos pude soltarlo. Y es que lo provechoso y útil de escribir en La Mula, es que uno puede desquitarse de la realidad contando las cosas como son. O como le pasan a uno. Pero qué más da. Vivimos en el Perú, señores. En el país donde no pasa absolutamente nada. Digo.