Enrevesado y críptico, como tantos documentos vaticanos, la resolución de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica sobre las denuncias que acusan a Luis Fernando Figari, fundador y líder del Sodalitium Christianae Vitae (SCV), es ofensiva e indignante. Y merece el repudio de todos, si me apuran.

 

Luego de leerla una vez más, a pesar de las arcadas que me produce, no deja de sublevar, les cuento. Lo primero que llama la atención es que, el papa Francisco, el pontífice simpático y buena onda, está de acuerdo con la resolución, la avala y le da su bendición. Sí, así ha sido. Tal cual. El mismísimo Francisco, el de la “Tolerancia Cero” y la chichi de la Bernarda.

 

Más todavía. La cosa huele mal a partir del segundo párrafo. Pues, a renglón seguido, el Vaticano señala que en las denuncias presentadas ante el Tribunal Eclesiástico, en el 2011, “se encontraron en la documentación lagunas, contradicciones y algunos aspectos poco claros”.

 

Cuando llegué a este punto, qué quieren que les diga, la parte racional que hay en mí me hizo enarcar la ceja izquierda. La parte emocional me hizo repatear el hígado. ¡¿Enserio estoy leyendo lo que estoy leyendo?! ¡¿Se han demorado seis puñeteros años para soltar al viento tremendo disparate?! ¡¿No era lo lógico que, si tenían dudas, si veían lagunas, si encontraban contradicciones, si observaban aspectos poco claros, había que llamar a los tres denunciantes?!

 

¡Por dios! Cuando uno ya está hasta los cojones de tanta impunidad eclesial y de tanto encubrimiento y de tanta mierda, pues la iglesia católica no ha hecho otra cosa más que proteger a sus pederastas, nos topamos de súbito, en el Perú, con la tapadera más delirante y lisérgica de todas. 

 

Para quienes todavía no han tomado conciencia del absurdo vaticano. A ver. Presten atención. La llamada Santa Sede emite, a través de uno de sus dicasterios más importantes, una resolución sobre una supuesta “investigación”, que habría tomado más de un lustro, y nos advierte en la misma resolución, y sin ningún rubor, que "los investigadores" nunca hablaron con las víctimas. Nunca. Jamás. De ningún modo. ¿Pueden creerlo? Estas, por cierto, aparecen en la investigación periodística que hizo el arriba firmante con la invalorable colaboración de Paola Ugaz. Ahí bautizamos estos valientes testimonios como “Santiago”, “Lucas” y “Juan”. Ellos mismos, en paralelo o luego de declarar para el libro, como correlato de haberse decidido a hablar, determinaron -cada quien por su cuenta y sin saber quiénes eran los otros- determinaron, decía, hacer sus denuncias ante el Vaticano con la asistencia de la teóloga y exfraterna Rocío Figueroa, quien, dicho sea de paso, fue la que descubrió la doble vida de Germán Doig, y cuyo testimonio también aparece en Mitad monjes, mitad soldados (Planeta, 2015).

 

Bueno. Les suelto un dato. Resulta que, de los tres denunciantes, en realidad sí hubo una víctima de Figari que habló con el arzobispo secretario de la Congregación de las Sociedades de Vida Apostólica, el español José Rodríguez Carballo, autor de todo este desaguisado. Pero nada. Acá viene lo inaudito. En lugar de que Rodríguez Carballo y su gente hicieran su chamba, la víctima, con su propio peculio, lo fue a buscar a Roma para decirle: “Existo”. “Soy real”. “No soy parte de una novela”. “Lo que cuento en mi denuncia sucedió cuando era menor de edad”. Y lo único que atinó a decir el indolente representante vaticano fue: “Lo siento mucho”.

 

Es decir, teniendo delante suyo a la víctima, en lugar de preguntarle sobre el hecho, para resolver las “lagunas, contradicciones y aspectos poco claros”, en lugar de eso, decía, regurgitó algunas frases para salir del paso, caer bien, y hacer la finta de que en la iglesia acogen a quienes han sido presas de sus lobos disfrazados de ovejas.

 

Como sea. No sé hasta qué punto calarán la demagogia y el fraude entre los creyentes y católicos en general, pero este documento es como la gota que colmó el vaso. Así que ya está bien de mezclar papas con camotes, y gritar mentiras a los cuatro vientos, que no hacen sino revictimizar a las víctimas y enfurecer más a quienes nos hemos comprado este pleito desde fines del 2010.

 

De verdad me gustaría oír a alguno de nuestros ensotanados, con cargo de obispo o de arzobispo, que muchas veces pontifican como si fuesen los dueños de la verdad y/o los representantes de la moral, que se pronuncien sobre esta resolución nauseabunda. Más todavía. Me gustaría escuchar al propio Alessandro Moroni, superior general del Sodalitium, en uno de sus sodavideos, protestando y planteando un recurso de apelación, pues todavía tienen esa salida canónica si creen realmente que a Figari deben expulsarlo de sus filas.

 

Si Moroni hiciese una cosa así en los próximos días, me pararía a aplaudirlo. Y, de paso, se reivindicaría de alguna forma con las víctimas de la institución, las que, todo hay que decirlo, no se sienten muy contentas con el proceso de reparación, por más que el superior general suelte numeritos y tortas y cuadros y estadísticas y porcentajes, y en ese plan.

 

Sobre el resto de consideraciones abominables, podemos hablar después, y despacito, y no tan largo, para no aburrirlos. Mientras tanto, lo último que quería decir es que el prefecto del dicasterio, Joao Braz, y su secretario ejecutivo, José Rodríguez Carballo, pueden hacer unos cucuruchos con la resolución vaticana y metérselos por el culo. ¿Por qué? Por ponerse del lado del pederasta. Por maltratar una vez más a las víctimas.Porque desde Maciel hasta Figari, nada ha cambiado en la iglesia católica. Por eso.