Casi me tomo un Gravol para releer la resolución vaticana, fechada el 30 de enero, y recién hizo pública el Sodalitium el último viernes 10 de febrero. Pero quiero que conste por escrito, aquí en La Mula, porque no me puedo esperar hasta el domingo para publicarlo en La República, que la barrabasada perpetrada por la iglesia católica desde sus cuarteles generales en el Vaticano, equivale a asaetear a las víctimas. Y revictimizarlas.

 

Porque eso es lo que indigna. Que con todo lo que se sabe, la impunidad campee a sus anchas, y con la venia de Francisco. Operando como si se tratase de una mafia. “A este gordito barbón, que es de los nuestros, lo vamos a juzgar nosotros, y como máxima sanción va a vivir en Europa por el resto de su vida, con un sodálite atento a sus necesidades, viviendo como un pachá. Y como ya sentenciamos, y dado que ya no lo van a ver más en lavida, por favor dejen de hablar sobre el tema”, ha dicho José Rodríguez Carballo (aunque no con esas palabras), el español que ronca en la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica.

 

Y es que a la iglesia lo que más le jode de toda esta situación con el Sodalitium de Luis Fernando Figari, es el escandalete. Porque no les gusta a las autoridades católicas que sus fieles conozcan cómo se comportan algunos de sus líderes. Porque eso les puede espantar seguidores y las limosnas respectivas y las donaciones millonarias, y en ese plan.

 

Tan es así, que la primera instrucción de José Rodríguez Carballo al superior general del Sodalicio, luego de que Paola Ugaz y yo le escribimos para preguntarle cómo iba el tema con Figari y comentarle que estábamos sacando un libro con la editorial Planeta, donde íbamos a contar todo, la primera instrucción de Rodríguez Carballo, decía, fue una carta –que tengo ahorita al lado del teclado- conminándolo a Moroni para que saque a Figari “fuera del Perú”, que no tenga contacto con nadie, que no diga sobre su traslado, para que el caso tenga “la menor resonancia posible en la opinión pública peruana”. Sic. 

 

Pero el tiro le salió por la culata al monseñor Rodríguez Carballo. La prensa se enteró. E informó. Y la gente que siguió el tema desde la difusión de la investigación periodística, se indignó. Se nota que, como no logró la opacidad en su modus operandi para abordar el Caso Figari, no le gustó ni un poquito la reacción de la opinión pública peruana. Al papa Francisco y a Rodríguez Carballo, agárrense, les pareció “anómala”. ¿Pueden creerlo? Lo dice así. Tal cual.Y no estoy exagerando. Lean la resolución vaticana y compruébenlo. Eso sí. No olviden de tomarse un Gravol antes de embarcarse en esa lectura que produce arcadas.  

 

Cosa curiosa. El último sábado, antes de conocer la resolución vaticana, el exsodálite Martín Scheuch, quien se ha convertido en un “sodaliciólogo”, ya opinaba sobre el tópico. Como intuyendo que venía algo. Y efectivamente, algo llegó. La disparatada resolución vaticana. “LaIglesia católica tiene como principio pragmático, elevado a la categoría de imperativo ético, evitar siempre el escándalo (…) Cuando se trata de investigar abusos, la verdad desnuda hecha pública es lo que menos interesa a los tribunales eclesiásticos”, escribe el aguzado Martín.

 

“Y por evitar el escándalo se preferirá –como ha ocurrido frecuentemente- encubrir y proteger a los abusadores y, en la medida de lo posible, mantener la verdad completa en el silencio más absoluto”, agrega. Y con dotes de profeta, ya advertía: “Poco se puede esperar de las instancias vaticanas, mucho menos del Sodalicio mismo, respecto a la verdad sobre los abusos cometidos en esta institución”. Y fíjense. No se equivocó.

 

Yo lo veo igual. Y que quede claro que, más que una opinión, lo que describe Martín es el modo de operar de siempre. Es un dato de la realidad, o sea. De hecho, a continuación de sorprenderse de la reacción de la sociedad peruana, Vaticano arremete, además, contra los medios de comunicación peruanos por provocar “la desorientación de la opinión pública, causando escándalo (…) obstaculizando la búsqueda de la verdad”.

 

Porque a ver si nos entendemos, señores de solideo rojo y cruz en el pecho, si no fuera por los periodistas Jason Berry y Gerald Renner, del Hartford Courant, el diario más influyente de Connecticut, los abusos sexuales de Marcial Maciel no se habrían hecho públicos. Eso ocurrió en 1997, les cuento. Y a Maciel lo “sancionaron” (casi en los mismos términos del “castigo” de Figari) recién en el 2006. Si no fuera por la unidad de investigación Spotlight, del Boston Globe, las dimensiones de la pederastia clerical en Boston no se habrían conocido. Eso sucedió en el 2002. Si no fuera por el New York Times, jamás habría reventado el Caso Karadima en Chile, en el 2010. Y si el periodismo peruano, en el 2011, no hubiese informado sobre la doble vida de Germán Doig, el número dos del Sodalicio hasta que murió, o sobre los abusos psicológicos, físicos y sexuales de Luis Fernando Figari, hasta el día de hoy los sodálites seguirían manteniendo la versión de que Doig no llegó a ser santo porque “no alcanzó a obtener las virtudes heroicas” y Figari estaría mandando hasta la fecha.

 

En resumen, si no es por los medios de comunicación la pederastia clerical seguiría existiendo en las sombras, pasando piola, y actuando bajo el radar. Y depredadores sexuales del mundo católico como Maciel, Karadima, Doig y Figari, seguirían siendo venerados como santos. Cuando de“santos”, ya saben, jamás tuvieron nada. En cambio, de hijos de puta, mucho.