Me quito el sombrero por la labor que viene desempeñando hasta la fecha el congresista Alberto de Belaunde, de las filas del pepekausismo. No voté por él, todo hay que decirlo, pero si su performance se mantiene como hasta ahora, contará con mi voto en los siguientes comicios.

 

De las diferentes batallas que ha venido luchando, una de ellas tiene que ver con el esclarecimiento de los abusos sexuales a menores. Y a punta de empeño y esfuerzo, logró lo imposible. El pleno del Congreso aprobó por unanimidad la creación de una comisión que investigará los presuntos delitos de abusos que se habrían cometido en diversas instituciones públicas y privadas, entre ellas el Sodalicio de Vida Cristiana (SVC).

 

Es verdad que la idea original de De Belaunde consistía en enfocarse en el Caso Sodalicio. Pues, como muchos peruanos, estaba indignado ante lo que había destapado el periodismo investigativo: que una institución católica, durante cuarenta años, y delante de las narices de todo el mundo y con la venia del Vaticano, diseñó una arquitectura concebida para perpetrar barbaridades de diversa índole, y que pese a las denuncias formuladas desde el año 2000 por el periodista José Enrique Escardó, y luego en el 2001 por Cecilia Valenzuela, y más tarde, por todas las que le siguieron hasta el 2015, el ministerio público jamás movió un dedo. Ni pestañeó. Ni dijo esta boca es mía.

 

La intención de la primera moción del diputado pepekausa era examinar el Caso Sodalicio para entender cómo así se dio este fenómeno perverso y comprender la maquinaria encubridora que apañó sus crímenes durante décadas. Y a partir de ahí, formular medidas legales y políticas públicas, así como la creación de canales adecuados para que las víctimas pudiesen expresarse. Todo con el propósito de que este tipo de situaciones no se reediten.

 

Pero ya ven. El fujimorismo se negó a ello. Con los pretextos más absurdos y ridículos, si me preguntan. Según el legislador naranja, Luis Galarreta, elPoder Legislativo no podía ponerle la lupa al Sodalicio porque “no involucraba a funcionarios públicos”. Y su colega Úrsula Letona acusó al promotor de tal proposición “de hacer politiquería con un tema sensible”. Y en ese plan.

 

Y es que, si todavía no lo han inferido, el fujimorismo y el Sodalitium son aliados tácticos a la hora de activar marchas y campañas reaccionarias y conservadoras. Se necesitan, si no quedó claro. En consecuencia, siete meses atrás, el consejo directivo del Parlamento decidió archivar el planteamiento de Alberto de Belaunde, haciéndole un guiño al cura sodálite Jaime Baertl y demás compinches.

 

Pero el tesón del joven político superó mis expectativas, y luego de marchas y contramarchas en el rebaño de Keiko, el talante dialogante de este hombre público, cuyo parecido físico al actor norteamericano Jack Black es sorprendente, convenció a los más radicales de que algo había que hacer para ponerle freno al silencio y a la impunidad. Finalmente, persuadió a los fujimoristas de ir más allá del Caso Sodalicio, para que atiendan el tema más crítico. El abuso sexual a menores en entidades particulares y estatales, o sea.

 

“Lo importante de esta Comisión es que ayude a conocer la verdad y evitar que, en el futuro, estos casos de abusos se sigan repitiendo”, expresó De Belaunde durante su breve, pero contundente sustentación en el Congreso.

 

Y claro. Ya se habrán dado cuenta de lo evidente. Ha pasado más de un mes de esta noticia, y el tópico se ha quedado congelado en el tiempo, como si estuviese hibernando. Porque a ver. La Comisión Antipederastia no se ha instalado aun.Tampoco se habla más de ella. Y no se tiene la menor idea sobre quién la presidirá y quiénes la integrarán.

 

Mientras tanto, el plazo, que no es mucho (apenas seis meses), va corriendo. El tiempo es corto, es decir, y hay mucha tela que cortar. Pero ya adivinarán. El grueso de nuestros congresistas sigue actuando con la indolencia de siempre. Y con la ignorancia que les caracteriza. A sabiendas, probablemente, de que es más cómodo y barato mirar hacia el techo o hacia los costados, creyendo que a ellos nunca les va a tocar un depredador que ataque a sus hijos. Hasta que les toca, claro. Y ahí los quiero ver.

 

Como sea. Si van a actuar en serio, lo lógico es que elijan de presidente de dicha Comisión Antipederastia al mismísimo Jack Black, quien ha estudiado el tema y tiene como referente la experiencia australiana, que es modélica, digo. Si en su lugar van a poner a un Becerril, a un Tubino, a un Torres o a una Aramayo, no me quedaría sino parafrasear una famosa expresión de nuestra filósofa Lourdes Flores Nano: “¡Que se metan su Comisión al poto!”.


LA REPÚBLICA, 8/10/2017