La historia es conocida. Les dijeron que tenían que apartarse de sus padres, pues si no las aceptaban, entonces era porque no las querían, porque estaban contra ellas, porque las odiaban. Les hicieron dudar de su sexualidad. Les atacaron en su autoestima, pinchándoles el ego, haciéndolas dudar de sus capacidades y talentos. Para luego someterlas con argumentos desconcertantes y preñados de amenazas. Aprovechándose de una relación asimétrica.

 

Me refiero al caso denunciado por Utero.pe contra la activista feminista y lesbiana, del movimiento Nuevo Perú, Verónica Ferrari, denunciada por dos de sus exparejas que confluyen en los mismos argumentos, sin que se hayan puesto de acuerdo.

 

La cosa viene a cuento porque, de súbito, ha surgido una positiva corriente de opinión de protesta, liderada por sus propios protagonistas, víctimas de algún tipo de abuso: físico, psicológico, y/o sexual. Se trata de una marejada de testimonios, de hombres y de mujeres, dejándose el pellejo en sus relatos.

 

Como ha escrito el psicoanalista Jorge Bruce, a propósito de otro caso, “a falta de sanciones judiciales, ya se ha puesto en marcha una sanción social basada, a menudo, en el efecto acumulativo de las denuncias. No está exenta de riesgos, cierto, pero es mil veces preferible a la situación anterior”. La situación anterior, se entiende, era el silencio. El silencio sepulcral y administrativo.

 

Verónica Ferrari, como era de esperarse, ha reaccionado en plan negacionista y atacando a quien ose cuestionar su comportamiento. No se trata solo de ella, claro. Lo suyo es simple reflejo que acusa un patrón. Un patrón que hemos visto en religiosos, productores de cine, directores de teatro o en figuras que proyectan cierto halo de liderazgo y cierto ascendiente, que, puede ser usado en desmedro de personas vulnerables. Eso.