Como todo verdugo sabe bien, el sufrimiento verdadero no está en el dolor infringido por un corte preciso ni por la estocada exacta.

Él bien sabe que la peor tortura es la del día siguiente. La angustia irá madurando durante la noche, mientras la mente luchará para que el terror no inunde los sistemas de cordura.  A lo largo de las horas, en la distracción del sueño, ya casi al amanecer, el miedo se deslizará por la herida de la repetición helada, como un iceberg afilado. Una vez más me hundirá, asfixiará mi sueño nuevamente.

¡No, otra vez no! 

Mi súplica me despierta asustado y me descubre sudando. Y él aparece en la TV, vestido de blanca esperanza, ceñido a un cíngulo, sonriendo y saludando a quien lo ovaciona. 

Aún medio despierto, lo escucho deslizar la reja de la ventana de la justicia para contarnos sobre unas cáscaras en formas de palabras de perdón, cubiertas de chocolate.

Son las palabras que todos queremos escuchar, ansiamos por creer, estamos locos por morder.

Disculpas en forma de donuts acaramelados, arrepentimientos de colores, llenos de gas helio, con un gran cero, grabado pero no cumplido, se elevan, livianos, hacia el cielo, cabeceando dubitativos por el lastro de la vergüenza. Suben, llevando los pedidos, nuestros pedidos.

¡Él es tan bueno, se le ve tan sincero!

Tañe las huecas campanas para atraer a los devotos con la habilidad aprendida en los cánones medievales, los mismos que clasifican un asalto sexual a un niño como actos pecaminosos contra el VI mandamiento, sujetos a tres Ave Marías o dos padrenuestros, a discreción del confesor.

No sé, no entiendo, pero igual me emociono. Las chispas de alegría en los ojos de los fieles me contagian la felicidad de la incauta multitud. ¿Cómo no vibrar? Él va a "apoyar con todas las fuerzas a las víctimas".

Algo como una mano de mago pasa frente a mis ojos y aleja mi razón a un gris segundo plano. Mi visión se llena ahora de grandes letreros pintados como el arcoíris, algodón de azúcar de todos los colores y festejos en una gran kermés que tiene, bien al centro, un blanco palco móvil.

El maestro de ceremonias, también de blanco, no es de aquellos que arrancan carcajadas ni tampoco arcadas. Se le ve ecuánime, o lo ha practicado hasta hacerlo propio, es casi natural. Su sonrisa sí, ya lo es. En todo caso, cuando sonríe es más convincente que cuando carga un niño. Si bien lo hace con seguridad, como nunca lo ha hecho con uno suyo, se nota un toque de extrañeza.

Entre una presentación y otra lo veo acercarse, pausadamente, hacia una jaula llena de bestias, parecen mansas y algo carentes, como si estuvieran esperando ya mucho tiempo la aproximación del maestro. Él les habla suave, hasta cariñoso: ¿ustedes me aguardan?, ¿esperan mis palabras? Se ha aproximado mucho. Me angustio.

La gruesa reja que los separa le transfiere un poder sobre los reclusos. No, no son reclusos, hay micrófonos y voces... ¿me he despertado? O me estoy hundiendo en una pesadilla, recurrente y dolorosa. No me creen.

Todo de blanco, alba, de un lado de la reja lo azuzan, vino en paz y lo irritan. Lo sedujo la voz cansada de quien lo espera desde el amanecer para oírlo. La reja lo protegería del contacto, pero no de las preguntas.

Súbitamente, se siente hostigado y la malla de metal se ha derretido. Ha quedado expuesto al sol, y del calor y la constricción evocativa surge la contradicción: “son las víctimas las que mienten ¿Les queda claro?”. Le comunica a los periodistas.

Una voz interna e irreverente interrumpió su convicción: "¿eso piensas? pues en realidad nunca les has escuchado". La repentina incertidumbre no fue grabada, como no llegó a sobresalir del solideo, pasó desapercibida a todas las cámaras que aún fotografiaban incrédulas la frase que en ese instante empezaba a dar la vuelta al mundo.

Y yo caí otra vez en las redes de un sueño confuso. Cerré los ojos aterrorizado. Me ha regalado material suficiente para elaborar pesadillas horrendas. Aquellas del cordero que vino a salvarte pero en realidad es un lobo albino que te arrastra casi ecuánime hacia un bosque en cuanto te afirma sí está claro. Porque eso no es una pregunta, claro.

Tampoco fue claro mi último sueño de aquella noche. Quizás fue una tregua merecida. Escuché claramente al Todopoderoso susurrar al oído del vocero oficial, aquí en la tierra "pero che, así no va esa milonga, es uno de los típicos casos dónde lo sano es la abstinencia. ¿Porque insistís? ¿O tú realmente crees que Barros o Eguren me representan?"

Las determinadas voces de las víctimas, directamente golpeadas por las palabras del papa, hicieron eco en mi ser: "es ofensivo y doloroso". Las entiendo y ellas describen bien mi sufrimiento. Es eso. Las palabras del papa son de las que quiebran el alma, rompen la esperanza en la Iglesia y amenazan con silenciar. Estoy con ustedes. No nos amedrentas, Francisco.