Los Salinas, de los cuales desciendo, llegaron al Perú tardíamente. Entre los 168 españoles que participaron de la captura al inca Atahualpa en Cajamarca, en 1532, hubo tres Salinas. Los hermanos vascos Juan y Pedro de Salinas de la Hoz y otro también llamado Juan de Salinas, con fama de ser un magnífico jinete, quien fue el único de los de Cajamarca que participó en la conquista de México. Y luego llegaron otros, que formaron parte del grupo de Almagro. Algunos se asentaron en el Cuzco, y probablemente emigraron luego hacia Arequipa. Otros terminaron en Piura. Y unos cuantos en Lima. Ninguno de ellos tiene un vínculo conmigo. Por lo menos directo, ninguno.

 

Los Salinas, de los cuales desciendo, llegaron al Perú recién hacia finales del siglo XVIII. Y se asentaron en el caluroso valle de Sayán. Antes vivieron en el frío, en Espinosa de los Monteros. Y antes de ello, en Villarcayo. Y antes de Villarcayo, en Torme, donde residieron por lo menos tres generaciones de Salinas en una Casa-Palacio, que hace varios años pude conocer, aunque sea por fuera. De que vivieron en territorio burgalés, durante casi un siglo, hay documentos que así lo acreditan. Pero claro. Existe la hipótesis de que emigraron ahí desde las Vascongadas para participar en guerras banderizas al lado de la familia Salazar, de origen navarro.

 

Los Chacaltana, de los cuales desciendo, ya estaban acá antes de la llegada de los españoles. Eran indígenas prominentes de origen quechua. Y el nombre podría significar “Puente Alto”. Hasta donde ha podido determinar el investigador holandés Ronald Elward, la raíz de mi familia es netamente iqueña, específicamente de la zona de Pongo Grande. Y entre mi parentela Chacaltana aparecen nombres prominentes que se remontan hasta mi sexto abuelo, Domingo Chacaltana, propietario de unas tierras en Pongo Grande, en Ica. Domingo nació en Santa Ana, el 21 de enero de 1764. Casi, casi en los tiempos en que llegaban mis ancestros Salinas al Perú.

 

Entre mis antepasados directos, por el lado de los Salinas, encuentro corredores de seguros, contadores, terratenientes, alcaldes de Lima, presidentes de la Cámara de Diputados, esclavistas, militares, escribanos reales, hacendados, hidalgos y regidores (aquello de ser regidor parecía una suerte de tradición que duró varias generaciones).

 

Entre mis familiares directos, por el lado de los Chacaltana, me topo con comerciantes, farmacéuticos, diputados, alcaldes, abogados, jueces, políticos y miembros representativos del Cabildo indígena de Hanan-Ica.

 

Los Salinas que me preceden se llamaron Antonio, Eduardo, Juan, Antonio, Anselmo Manuel (uno de los primeros en llegar al Perú), Manuel Ysidoro, Joaquín, Francisco, Juan Francisco (el mozo), y Juan (el viejo). Y un dato curioso. El apellido original era compuesto: De Salinas-Varona. Pero por esas cosas del destino, al momento de bautizar e inscribir a los primeros Salinas peruanos, nacidos en la hacienda Andahuasi, de la cual eran propietarios, el Varona fue extirpado como un lunar.  

 

Los Chacaltana que me preceden se llamaron Pedro, Pedro Pablo, otro Pedro Pablo, Manuel, Ignacio y Domingo. Todos, con excepción de mi madre, mi abuelo y mi bisabuelo, nacieron en Ica. Concretamente, en Santa Ana.

 

Como la mayoría de peruanos, con la suma de apellidos, constatamos que somos una mezcla interminable, un cóctel de sangre diversa y dispersa, que nos remonta a millares de afluentes de una infinita hidrografía de la que finalmente procedemos. Por el lado Salinas, también soy Garassino, Farfán, Noriega, Arata, Cossío, Garrido, Ojeda, Castañeda, Centurión, Varona (de otra línea), Zéspedes, Villanueva, López de Pereda, Salinas (de otra línea). Por el lado Chacaltana, también soy Illescas, Morales, Ruiz, Vértiz, Carrillo, Navarrete, Elías, Reyes, Limo, Uchulla, Ramos. Y en ese plan. La gama es más amplia y dilatada y extensa, adivinarán.

 

Y claro. Como en todas las familias, en la mía, tanto por la línea paterna como por la materna, hay historias fascinantes y anécdotas sabrosas, de las entretenidas y de las trágicas, y hasta de las surrealistas. Como aquella que cuenta que mi bisabuelo Juan al enterarse del matrimonio clandestino de una de sus hijas con un norteamericano que nunca aprobó, decidió darla por muerta y publicó su obituario en un periódico de solera.

 

O aquella otra, de carácter épico, y que es la que nos conecta a los Salinas con México, que trata sobre uno de nuestros parientes lejanos en el tiempo: Gregorio de Salinas Varona. Gregorio nació fuera del matrimonio, y cuando era muy joven todavía, ingresó al servicio real como soldado raso. Ahí sirvió veinte años en Flandes con los Tercios españoles, partió más tarde hacia Indias, convertido en oficial, y ahí peleó contra piratas, franceses, indios, amotinados, y como expedicionario fue el primer hombre en llegar directamente del Río Grande al este de Texas. ¡Y de él poseo un libro que contiene el diario que escribió! En él relata todas sus peripecias hasta que fue gobernador de Nuevo León, una de las varias regiones que colonizó.

 

Finalmente, Gregorio se retiró a la capital “por el número de sus cicatrices”. Incluso de él hay un árbol genealógico que nos entronca con los De la Garza, los Castro, los Menchaca, entre otras tantas familias de Coahuila. La verdad, es que su genealogía no está terminada, y presumo que hay cierto resquemor a completarla por el temor a descubrir que podríamos estar emparentados con los Salinas de Gortari. Pero Gregorio, les cuento con orgullo, tiene nombre de calle en Monterrey y aparece en placas en Florida y en numerosos documentos mexicanos y norteamericanos que narran las gestas españolas en América.

 

Y de los Chacaltana, qué les puedo decir, pues que tienen una vena política y plumífera muy fuerte y acendrada. El botón más representativo, sin duda, es Césareo Chacaltana Reyes, hermano de mi tatarabuelo Pedro Pablo. Cesáreo fue alguien al que, al parecer, le faltó vida para hacer más cosas de las que hizo. Fue abogado, profesor, periodista, diputado (varias veces), senador (varias veces), canciller (más de una vez), embajador, premier (un par de veces: con Andrés Avelino Cáceres y con Eduardo López de Romaña), alcalde transitorio de Lima, segundo vicepresidente de la República (1894-1895), presidente del partido Civilista y colaborador del mandatario Andrés Avelino Cáceres. Y luchó, todo hay que decirlo, en la batalla de Miraflores (1881).     

 

Y bueno. Aquí me tienen. Pergeñando estas líneas ufanas de mi chanfaina de plasma que circula por mis arterias, en las que claramente tengo de inga, de mandinga, de hispano, de italiano, y sabe dios de qué más. Porque tengo la suerte de ser mestizo y tener raíces profundas que me anclan a este país que amo y sufro, que quiero y padezco, que me mueve a hacer cosas pero a la vez me contagia su desánimo y sus taras.

 

Como sea. Y ya para ir terminando. Me robo lo que dijo Mario Vargas Llosa, cuando escribió hace añazos sobre los Vargas y los Llosa, para aplicárselo a mi extensa familia: “Me conmueve que tuvieran que mezclarse, entre sí y vaya usted a saber con cuántas otras sangres, y esperar tanto tiempo para que al fin naciera yo y pudiera rendirles un día este demorado homenaje”. Pues eso.