La acabo de terminar hace un rato y ya estoy con síndrome de abstinencia. Y es que La Casa de Papel es una de esas series adictivas. De las que te enganchan y te hacen verla de un tirón, en plan maratón visual. Y de las que te mantienen al borde del asiento, con la ansiedad a tope, con la adrenalina a todo trapo y la incertidumbre que te corroe.

 

La Casa de Papel, les adelanto, es una producción de factura española que no tiene nada que envidiarle a ninguna peli norteamericana del género de grandes atracos. Absolutamente nada. Simplemente, es épica. Y de un ritmo trepidante. Porque a ver. Es casi, casi una obra de arte. O sin casi. O, si prefieren y piensan que exagero, está muy bien cuidada en todos sus detalles. Desde la banda sonora, pasando por el tema de cabecera, My life is going, compuesta por Manel Santiesteban e interpretada en inglés por Cecilia Krull, hasta el diseño de producción, la dirección fotográfica, el exigente guión, el perfil y construcción de los personajes, y, lo más importante, las actuaciones del reparto, todas convincentes.

 

A ver. La cosa va de un asalto, como adelanté arriba. Pero ojo. De un ambiciosísimo asalto. Que trata de pasar a la historia como el robo más grande que se recuerde en España. Si me apuran, nada menos que el atraco a la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre, que es donde se imprimen los euros. Los atracadores son liderados por “El Profesor”, un tipo de inteligencia analítica y con un asolapado tic que le lleva cada cierto tiempo a cogerse los lentes, el cual convoca a un grupo de ocho personas que no tienen nada que perder en la vida.

 

Eso sí. Tienen que seguir el plan diseñado al pie de la letra. Pues la idea es que no haya muertos ni heridos. Y para eso se encierran durante meses en una casona fuera de la ciudad para estudiar el plan. Un plan bastante sofisticado que reposa en tres reglas elementales: Nada de intercambiar información personal. Mantener seudónimos y jamás revelar sus propios nombres. Y en ningún caso establecer algún vínculo sentimental entre ellos. Sexo prohibido, o sea. Solamente respetando el plan y estas tres normas, se concebirá el atraco perfecto.

 

Pero ya adivinarán. Algunas de estas tres cosas, o todas ellas, no son respetadas por algunos de sus integrantes, los cuales son escogidos por sus habilidades: manejo de armas, de computadoras, fuerza bruta, experiencia en asaltos, falsificación, y así. La idea, además, no es robar el dinero que se encuentra en el edificio, sino encerrarse el mayor tiempo posible para imprimir 2,400 millones de euros.

 

La dinámica del relato, que es narrado por “Tokio”, una de las participantes destacadas de la banda, oscila entre las acciones de los ladrones, los rehenes (los trabajadores de la fábrica y un grupo de estudiantes del Colegio Británico, que ese día estaba de visita turística) y los policías encargados de rescatar a los secuestrados y capturar a los atracadores.

 

Los seguidores del “Profesor” (Álvaro Morte) deciden bautizarse con nombres de ciudades: “Tokio” (Úrsula Corberó), “Berlín” (Pedro Alonso), “Moscú” (Paco Tous), “Nairobi” (Alba Flores), “Río” (Miguel Herrán), “Denver” (Jaime Lorente), “Helsinki” (Darko Peric) y “Oslo” (Roberto García). Acá es inevitable la evocación o influencia de Reservoir Dogs, de Tarantino, en la que los delincuentes tenían nombres de colores. Como también es inevitable la evocación de El Profesional, pues el corte de pelo de “Tokio” es exactamente el mismo que usa Natalie Portman. Como también es inevitable la evocación de Punto de Quiebre, donde actúan Patrick Swayze y Keanu Reaves, en la que el uso de máscaras de presidentes caracteriza a su banda. A la del “Profesor” la distingue el uso de overoles rojos (el color rojo, ya verán, estará omnipresente desde el inicio hasta el final de la serie) y máscaras de Salvador Dalí.

 

Cada capítulo es más electrizante que el anterior y todos tienen la virtud de mantenernos en vilo, haciendo que nos aguantemos las ganas de ir al baño. Las bombas de profundidad aparecen cada tanto y hay escenas que están espectacularmente logradas. Y siempre está pasando algo que nos hace decir: “¡¿Por qué cuernos no se aferran al plan, carajo?!”. Tienen que verla. Es brutal. Y genial, como genial es su creador Álex Pina.

 

Pina cuenta que, el último día de filmación, varios actores lloraron. La serie, aunque por ratos deja la sensación de que hay algunos personajes principales, es una obra coral. En la que no hay buenos ni malos. Ni entre los atracadores ni entre la policía ni entre los rehenes. La ambigüedad moral pendula todo el tiempo entre los personajes. Como en Breaking Bad. Incluyendo a “Berlín”, quien puede ser el más antipático y avinagrado de los bandoleros, pero a la vez es uno de los personajes con los que el espectador no puede dejar de identificarse. Bueno, confieso que ese fue mi caso.

 

También relata Pina en una entrevista que, le tomó un buen tiempo bosquejar el guión, pues para que tenga visos de realidad tuvo que embarcarse en una investigación acuciosa, asesorándose off the record con trabajadores de la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre y con inspectores de la policía. Luego de terminar la serie, pienso que Pina se debió tomar su trabajo en serio y concibió un verdadero asalto, poniéndose en los zapatos de "El Profesor".

 

Y aquí me quedo. Para no “espoilear” a nadie. No se la pueden perder. La primera temporada consta de trece capítulos y la segunda de nueve. Pero claro. Uno se queda con ganas de más. Y nada parece indicar por el momento que pueda realizarse una tercera temporada. Aunque como dice Pina: “Tenemos una banda y hay muchas cosas que robar en el mundo. No se sabe qué puede pasar”.

 

Yo, por lo pronto, me he quedado tarareando Bella ciao, una canción de la resistencia del movimiento partisano italiano, muy popular y de autor anónimo, que se entonaba durante la Segunda Guerra por los libertarios y antifascistas. La tonada, si paran las orejas, acompaña varios de los grandes momentos de la serie

Una mattina, mi sono alzato, o bella ciao, bella ciao, bella ciao, ciao, ciao...