En algún lugar de la estúpida resolución que pergeñó la fiscal María del Pilar Peralta se decía, entre otras tonterías sin sentido, que ninguno de los cinco denunciantes que señalamos a Luis Fernando Figari y a quienes resulten responsables de los delitos de asociación ilícita, secuestro (mental) y lesiones, presentábamos “evidencias de maltrato físico ni psicológico durante el período vivido en el Sodalicio”.

 

Por el contrario, añadía el mamarracho jurídico que (por cierto, luego fue archivado, y más tarde reabierto, sancionando en el camino a la fiscal), las pericias demostraron que todos nosotros (los hermanos Martín y Vicente López de Romaña, José Enrique Escardó, Óscar Osterling y este servidor) llevamos “vidas personales y profesionales exitosas”. Como si el concepto de resiliencia no existiese para la gente que labora en el ministerio público.

 

Todo ello basándose en las “pruebas” del Instituto de Medicina Legal, ese antro burocrático del Estado peruano que debería desaparecer o ser fumigado, o, en todo caso, profesionalizarse, debido a que está infestado de indolentes y negligentes y gandules de diferente laya, todos desdeñables y de dudosa inteligencia y escasa empatía.

 

Una de las bases de esta “conclusión”, aparte de las pruebas que se remontan a los tiempos en que todo era de color sepia, fue que existían fotografías en las que salíamos sonrientes y el arriba firmante aparecía alegremente tocando un bombo. En serio. Es para no creerlo. Por surreal. Pero estamos en el Perú, señores, y lo que en otros sitios es inimaginable acá no solo es probable sino que ocurre.

 

Lo he dicho muchas veces. Y presumo que insistiré en ello un tanto más. El Sodalicio de Vida Cristiana o Sodalitium Christianae Vitae ha sido, desde sus orígenes, una organización de características sectarias, en la que se utilizaban técnicas de persuasión coercitiva, las mismas que propiciaban la devastación de la personalidad del reclutado. En la dinámica perversa sodálite se buscaba la liquidación de los lazos afectivos con nuestros padres y con nuestro entorno amical y afectivo. Asimismo, se practicaba el culto a la personalidad de los líderes del movimiento, en particular de Luis Fernando Figari, a quien encima se le atribuía poderes sobrenaturales, reivindicando a cada instante su condición de gurú y de profeta y dueño de nuestras vidas.

 

En los hechos, lo que buscaban los caudillos del movimiento era suprimir e inhibir el juicio crítico y el espíritu de independencia. En este sentido, todos los métodos de reforma del pensamiento estaban orientados a controlar a los sodálites. Todas las “verdades” en las que debías creer te las daban digeridas y masticaditas para que no pienses. La estructura de la institución era vertical y totalitaria. Se ejecutaban constantemente órdenes absurdas para someter la voluntad de los adherentes. Controlaban la información. Se usaban técnicas de bullying y de manipulación psicológica. El mundo externo era rechazado como algo malo. El proselitismo era uno de los impulsos vitales del Sodalicio. Los malos tratos físicos y psicológicos eran el pan de cada día en las denominadas “casas de formación” de San Bartolo, donde los síntomas de cretinización colectiva se iba consolidando homeopáticamente.

 

Este conjunto de tácticas empleadas con seguidores que fueron reclutados desde pequeños se conoce como mecanismos de lavado de cerebro o de modificación o reforma del pensamiento, o formateo mental. La combinación de todas ellas aspiraban al control del individuo, al control de la conducta (que los sodálites se vistan de determinada manera, que hablen de acuerdo al argot propio de la colmena, que duerman poco para que no piensen, que cumplan rituales iterativos, y así). Aspiraban también al control de la información (en los centros de formación, como se explica en la obra de teatro San Bartolo, no se ve televisión, se leen únicamente los libros que los superiores permiten, y las noticias de la actualidad simplemente se prohíben o se restringen; y las comunicaciones con parientes y amigos o amigas suelen ser interceptadas). Y aspiraban sobre todo al control del pensamiento y de las emociones, poniendo un énfasis enfermizo en la culpa.

 

Se organizaban horarios, pues es típico de las sectas mantener siempre ocupados a sus adictos e incondicionales. La única explicación e interpretación que valía, ya adivinarán, era la del Sodalitium, ese lugar donde se niegan las cosas o se racionalizan, sin darle un espacio a la razón crítica .Pero ya lo dije. La culpa era uno de los instrumentos principales y recurrentes para lograr la sujeción.

 

En la pericia psicológica que me hizo el psicoanalista Jorge Bruce y otra profesional destacada y de muy buen trato, a través de unos procedimientos más concienzudos que los empleados por el Instituto de Medicina Legal (donde, dicho sea de paso, la pasé muy, pero muy mal: revictimizado, es la palabra exacta), se consignan varias cosas importantes. Una de ellas, la separación dolorosa de mis padres y la forma en la que el Sodalitium a través de artificios maliciosos se terminó convirtiendo en mi familia sustituta.

 

“Lo que Pedro ignoraba –y descubrió poco a poco, a costa de gran confusión y sufrimiento- era que dicha organización encubría un proyecto de sometimiento de las mentes y cuerpos de los jóvenes captados. Esto incluía vejámenes psíquicos y físicos, minando gradualmente la resistencia de las víctimas. Como resultante de todo este proceso, Pedro es en la actualidad una persona en la que se combinan sentimientos depresivos y de culpa, producto de los severos ataques a su capacidad de pensar, de tener derecho a la privacidad de su cuerpo y mente, en suma, a su autonomía y salud mental. Gracias a su creatividad y resiliencia, ha sido capaz de protegerse, hasta cierto punto, de esos afectos persecutorios que lo asedian. La escritura ha sido un método eficaz para enfrentar los fantasmas engendrados durante esos años de maltrato y encierro mental y físico”, anota el informe de Bruce sobre el arriba firmante con fecha 20 de diciembre del 2016.

 

“Pero esto obviamente no basta. Haber estado bajo el poder absoluto de un grupo fanático y sádico, con graves acusaciones de abuso sexual, durante un tiempo determinante en su formación como ser humano, ha dejado unas secuelas síquicas que viene trabajando terapéuticamente y con ayuda de medicación, desde hace un buen tiempo (…) Si bien es cierto no estaba encerrado físicamente en los locales a donde lo llevaron a vivir, el grupo dominante del Sodalicio ejercía un férreo control de todas sus actividades, incluidas las más íntimas y efectuó sobre él un “formateo mental” que lo hizo reaccionar en absoluta subordinación sicológica y emocional a las órdenes y reproches de la organización, los que muchas veces venían acompañados de castigos físicos”.

 

“De esta forma se le anuló totalmente su capacidad de decidir en libertad qué es lo que deseaba hacer. Aunque no estaba enclaustrado físicamente, debido al control síquico y emocional que ejercían los dirigentes de la organización sobre él, Pedro sentía que no podía irse o salirse del grupo– único referente emocional que le quedaba pues fue absolutamente aislado del resto del mundo- pues de lo contrario sería repudiado como un traidor, y peor aun, sufriría las consecuencias de esa deslealtad con el castigo eterno en el infierno. Fue separado de su familia, de sus amigos, de su enamorada, decidieron por él qué debía estudiar, dónde vivir y cómo pensar, incluso contra sus propios sentimientos originales”.

 

“Estas prácticas en la edad en que comenzaron y por la forma como se ejercieron, incluida la violencia, anularon totalmente su capacidad de libre albedrío e implicaron una pérdida real y objetiva de su libertad como persona”.

 

El reporte de Jorge Bruce es extenso y detallado y volverlo a leer duele. Particularmente, las evocaciones a aquellos espacios de aniquilamiento denominados como “correcciones fraternas” en los que el propio Luis Fernando Figari, o el inescrupuloso de Virgilio Levaggi, cuando fue mi director espiritual, destrozaban y desollaban y desfiguraban y lapidaban la figura de mi padre, y de refilón, la de mi madre. Pero el ensañamiento usualmente era contra la imagen paterna.

 

“Las consecuencias mentales de esta herida son profundas e implican una afectación muy grave a su salud síquica y emocional, al punto que pese a los años transcurridos, todavía sigue generando secuelas que afectan su vida cotidiana y le impiden desarrollarse con normalidad”.

 

“En suma, el Sodalicio se apoderó de la juventud de Pedro y la intoxicó con sus métodos de manipulación y destrucción de sus vínculos más cercanos, tales como el caso de su padre, a quien insultaron innumerables veces”.

 

“Cualquier diagnóstico, como los de estrés postraumático o depresión, se queda corto para dar cuenta del sistemático proceso de aniquilación de la personalidad de quien estuvo bajo el poder de una organización tóxica, cuyos dirigentes gozaban con el sometimiento, incluido en muchos casos el abuso sexual, de jóvenes atractivos e inteligentes, en su mayoría de clases medias y altas”.

 

“Lo que Pedro ha sufrido es imposible de compensar adecuadamente, pero peor sería no reconocer los terribles daños sicológicos producidos y la pérdida de su libertad para decidir autónomamente el destino de su vida en siete años cruciales de su existencia. Sentir que finalmente puede ser reivindicado como víctima al impartirse justicia en su caso es tan o más importante para su salud mental que cualquier tratamiento psicoterapéutico”.