Cuando Pao Ugaz y yo iniciamos la investigación periodística sobre el Caso Sodalicio, coincidió que en Chile acababa de reventar el Caso Karadima. Leímos mucho sobre el escándalo de los Legionarios de Cristo, el otro referente latinoamericano, y tomamos contacto con el excura mexicano Alberto Athié, quien descubrió a la primera víctima del pederasta Marcial Maciel. Nos leímos todo y vimos todos los documentales sobre las perversiones de Maciel. Pero lo de Karadima recién explotaba, y no en Norteamérica, sino aquisito nomás, en la frontera sureña.

Luego de que filtráramos a Diario16, que dirigía Juan Carlos Tafur, y a Caretas, las primeras denuncias que acusaban la doble vida sexual de Germán Doig, el sodálite candidato a santo, las cuales reventaron como un coche bomba con quinientos kilos de anfo, durante la primera semana de febrero del 2011, a las pocas semanas apareció en el programa dominical Tolerancia Cero, de Chilevisión, el médico cirujano James Hamilton, narrando su vivencia ante un cuarteto de periodistas. Una pariente cercana me llamó esa misma noche desde Chile para que mire la entrevista “al tiro”. Pero recién la pude ver al día siguiente. La entrevista, si me preguntan, me impactó como un tacle de Jean Claude Van Damme en el tórax.

El caso lo seguimos muy de cerca, pues intuíamos que eso que veíamos en Chile se convertiría en nuestro paradigma y futuro cercano, luego de la publicación de Mitad monjes, mitad soldados. Así es que nos pusimos a rastrearle los pasos al más activo del trío de denunciantes de Karadima, Juan Carlos Cruz (al principio eran cuatro: Fernando Batlle fue uno de los denunciantes originales, pero decidió hacerse a un lado por razones personales).

Leíamos sus tuits, nos hicimos amigos por FB, y capturábamos cada noticia sobre el Caso Karadima publicada en la prensa chilena. Hasta que tomamos contacto directo con él. Luego le propuse una entrevista para La Mula. Me quedó claro que, a la distancia, Cruz también seguía el Caso Sodalicio. Le sorprendía tanta impunidad y tanta colusión. Y más tarde comenzamos a coincidir en algunos sitios, gracias a una iniciativa de Barbara Blaine (1956-2017), la fundadora de la oenegé norteamericana SNAP, quien decidió dejar la organización que creó para dar inicio a otra, más variopinta, y enfocada en exigirle una rendición de cuentas a la iglesia católica por los abusos y complicidades de sus representantes oficiales.

Fue así que, ya en confianza, durante una tarde de junio, comentando sobre esto y aquello, vía una llamada de voz del WhatsApp, me dijo que estaba viajando a Chile unos días en julio (Juan Carlos vive en Filadelfia) y que estaba pensando darse un salto por Lima para ver la obra San Bartolo y encontrarse con exsodálites y los abogados que están viendo el caso.

En Cruz suele sorprender esa actitud de absoluta disponibilidad frente a un tema en el cual hace rato que se ha empoderado como uno de los artífices del cambio en la iglesia católica chilena, debido a su vehemencia infatigable y a su compromiso con las víctimas y a su terquedad guerrera que lo ha llevado a combates y persecuciones sin tregua.

Es un héroe, aunque a él no le guste el título. Sus enemigos, todos ensotanados y miembros de la clerecía católica, siempre han querido presentarlo como un enemigo de la iglesia, pero Juan Carlos es más católico y más devoto (no voy a decir cucufato) que muchísimos de sus correligionarios en la fe. Algo que no deja de sorprenderme, la verdad. Como sea. Junto a James Hamilton y José Andrés Murillo, y el abogado de los tres, Juan Pablo Hermosilla, han alcanzado logros inimaginables. Y juntos, cómo les explico, constituyen un huracán.

Me alegró, en este sentido, el buen recibimiento que tuvo durante su paso por Lima. Y el reconocimiento por su lucha contra el abuso, el encubrimiento y el silencio. Callar ante la injusticia es aceptarla, apañarla, ser su secuaz, fue una de las lecciones que nos dejó su testimonio.

Su inspiradora participación en el foro del teatro La Plaza, aplaudida atronadoramente, nos contagió la sensación de que el cambio es posible, si no cejamos en nuestro empeño de buscar la verdad y la justicia. Y sus declaraciones periodísticas, fueron en la misma línea. Y miren. De vuelta a Santiago, se topa con que el cardenal Ricardo Ezzati fue citado a declarar como imputado por su eventual responsabilidad en el ocultamiento de abusos. Eres un grande, Juan Carlos Cruz.  

Tomado de La República, 29 de julio del 2018