“No hay nada tan estimulante como que te disparen y fallen”, dijo en algún sitio Winston Churchill. Y la frase apareció de súbito en mi cabeza luego de leer el extenso comunicado que me regala el arzobispo de Piura y Tumbes, el sodálite José Antonio Eguren, en algunos medios piuranos, y, por cierto, en su estercolero favorito, el pasquín digital ACI Prensa, que dirige el también sodálite Alejandro Bermúdez.

 

Y es que el comunicado que pretende justificar la enclenque querella por difamación presentada contra este escribidor, no tiene ni pies ni cabeza ni cerebro. Porque aludo a sus supuestas implicaciones en litigios de tierras en Piura, documentadas por recortes periodísticos del 2013 y del 2014, publicados en medios como La Hora y El Tiempo, o en trípticos que lo señalan directamente, o en reportajes de investigación como Al Jazeera, o en publicaciones como El origen de la Hidra, de Charlie Becerra, su respuesta es: “No ha existido, ni existe en Piura, investigación alguna por tráfico de tierras en su contra”.

 

Ergo, con ese dato el obispo pretende que por arte de birlibirloque el arriba firmante debería dejar de mencionar el tema, pese a que, si me preguntan, hay una serie de hechos todavía no esclarecidos sobre el particular. Encima sugiere que debo creer a pie juntillas lo que él sostiene. Porque sí. Porque no puedo dudar de su palabra. Como si se tratase de alguien que no miente nunca. O que es sincero. Y ya hemos visto en las últimas semanas, por los testimonios de diversos exsodálites, que Eguren tendrá dinero, un ostentoso cargo, y cosas así, pero palabra y memoria no tanto.

 

Más todavía. Eguren considera que “lo ofendo” cuando pregunto: “¿Los arzobispos son incuestionables? ¿Sobre todo cuando han sido parte de la cúpula de una organización opresiva como el Sodalitium?”. Y yo me dije: Caray, ¿desde cuándo preguntar ofende? ¿Y a qué jueza de la Corte Superior de Justicia de Piura se le ocurre admitir tremendo despropósito?

 

Porque a ver. En sus esfuerzos por precisar sus imputaciones, que, insisto, son confusas e ininteligibles, sostiene ahora que yo afirmo que él fue el “ideólogo, autor y encubridor de las prácticas abusivas que unas personas desarrollaron al interior del Sodalicio”. Y aquí sí, por favor, ténganme un poquito de paciencia, pues me voy a dirigir frontalmente al purpurado sodálite.

 

José Antonio, ¿podrías citarme la línea en la que te califico de “ideólogo”? Porque, vamos, te puedo reconocer algunas virtudes, como que eres el que mejor canta gregoriano en el Sodalitium, pero de ahí a que tengas madera de ideólogo, ya sabes, es algo que jamás se me habría ocurrido en la vida. Y si lo dije, pues me retracto en el acto.

 

Pero lo otro sí se infiere o se enfatiza en mis textos, lo reconozco. Porque es la verdad. Pretender negar que, en más de veinte años que formaste parte del cogollo del Sodalicio, institución en la que se instaló una cultura de abuso de poder, no participaste en ningún tipo de vejamen, no solo es imposible de creer, sino que, ya lo estás viendo, están apareciendo cada vez más testimonios que te incriminan.

 

Probablemente fuiste uno de los verdugos más light, pero no me vengas ahora a decir que recién te estás informando por la prensa de los abusos que ahí se perpetraron. Te puedo creer que nunca te enteraste de los abusos sexuales de Figari, pero el Caso Levaggi, descubierto internamente entre 1986 y 1987, y que fue encubierto por la organización, ¿no lo conociste? Y si lo conociste, ¿lo denunciaste ante alguna autoridad civil, como correspondía? Pregunto nomás.