La frase no es mía. Es de Simone de Beauvoir. Y se la he leído a Mario Vargas Llosa en más de una de sus columnas en El País. Si me apuran, le calza como un guante a cada uno de los troles fujimoristas y de los ultramontanos (que, por lo general, son lo mismo), que pululan en las redes sociales. Me refiero a esos personajillos viles y retorcidos, que se disfrazan en el anonimato, que se esconden detrás de nombres falsos e identidades adulteradas e inexistentes.

 

Con sus mentiras y sus medias verdades y las historias que se inventan para destruir honras, aspiran a contaminar el aire, envenenar, intoxicar, y dejar la sensación de que, tanto en el fujimorismo como en la gavilla de los que optan por defender la reputación de la iglesia y de sus autoridades antes que a las víctimas de la pederastia, no son los únicos rufianes. Así las cosas, tratan de presentar a sus adversarios, “los caviares”, o sea, como canallas o gente deshonesta o corrupta o tan inescrupulosa como lo son estos sembradores de odio de las redes sociales.

 

Pero es en Twitter, más que en Facebook, donde se mueven con ímpetu desmedido. Con afán difamador. Agrediendo a mansalva. Insultando. Calumniando. Murmurando. Descalificando. Zahiriendo. Intrigando. Falseando. Mintiendo descaradamente. Con absoluta impunidad. Porque así se la pasa esta colectividad de escorias, que no esgrime argumentos para refutar posiciones, sino que únicamente se dedica a tratar de alegar que la consecuencia o el espíritu de justicia o la búsqueda de la verdad no existen, o no importan, y que cualquier peruano es susceptible de ser corrupto, comprado o alquilado o usado como un títere para servir los intereses más innobles.

 

Como el ladrón, estos troles que en su mayoría provienen del fujimorismo más ramplón y del conservadurismo más cretino, creen que todos son de su misma condición. La bajeza es una de sus principales características. Y el acoso en manada es otra de sus peculiaridades. No es menos sintomático que otro de sus distintivos sea el que la mayor parte de este enjambre, que se activa solo para hacer daño, se trate de sombrías mediocridades que solo saben hacer bien una cosa: chapotear en el fango y en la cobardía. Y hasta en la crueldad.

 

Hace algunas semanas, la revista Somos intentó una aproximación al fenómeno. “Un artículo pesimista de The New York Times, de agosto de este año, se titula precisamente ‘Los trolles de internet ya ganaron y no hay mucho que puedas hacer’. Su tesis es que se ha demostrado que el usuario de la red tiene muy poca ‘autoridad respecto al contenido en línea que le parece dañino y ofensivo’ y no es algo que vaya a cambiar pronto”. Es la misma impresión que tengo. Aunque ahora me he enterado que reportar los tuits más ruines, esos que apuntan al asesinato moral, puede neutralizar a los troles más nauseabundos que derraman estiércol a su paso.

 

Aunque lo mejor, la verdad, es bloquearlos, no alimentarlos, ni hacerles caso. Según un estudio de la Universidad de Texas, el 38% de los tuits que se escriben en internet se hacen con la intención de molestar, amenazar o insultar a alguien (Somos, 1/9/18). Y los periodistas que procuramos mantener cierta independencia, y claramente no comulgamos con el fujimorismo y sus congéneres religiosos, estaremos expuestos a ser los blancos habituales de estas pirañas virtuales. Son los gajes del oficio.

TOMADO DE LA REPÚBLICA, 7/10/18