En este país de troles redomados, políticos analfabetos y amantesde Bolsonaro, el juego de tronos da muchas vueltas inesperadas. Lo acabamos de ver, una vez más, con el giro de tuerca del gobierno. El presidente Vizcarra, luego de mostrarse débil, indeciso y contra las cuerdas, reaccionó con un contragolpe audaz y reapareció para devolver fuego con fuego.

 

Como dirían los Targaryen, si tienes un dragón, úsalo. Y eso es lo que ha hecho el mandatario. Enfrentar a los que quieren usarlo de piñata y sabotear la reforma política y defender el orden establecido de la corrupción. ¿Cómo? Con el arma de la cuestión de confianza, ciñéndose a la Constitución. Y tal cual señala César Hildebrandt en su semanario: “No sería un golpe de estado, como quieren hacerle creer los eunucos que lo rodean. Sería un acto plenamente constitucional que nos traería un nuevo congreso. ¿Podría ser peor que el que hoy lamentamos? Eso es cuánticamente imposible. No existe posibilidad alguna de que un nuevo parlamento, elegido desde el escarmiento y el recuerdo de los Mamani y las Bartra, pueda ser peor que la pocilga de estos días”.

 

Lo que no puede seguir haciendo Vizcarra es flotar, panza arriba, haciéndose el muertito. Ya hemos visto que los enemigos del Estado de Derecho son capaces de rearmarse para hacer daño e insistir con sus puñaladas traperas. Y entre sus características, ya saben, no figura la disimulación.

 

Parece mentira la cantidad de nostálgicos del fujimorismo que existen en el Perú. Unos hablando de “zarpazos” a la democracia (¡como si creyesen en ella!), otros exigiendo la vacancia y el desalojo de Palacio de Gobierno. Ergo, llamemos a las cosas por su nombre. El innoble Parlamento que tenemos actualmente, con las pocas excepciones que conocemos, ha sido intoxicado y envenenado por el autoritarismo e impide que las libertades políticas y económicas, así como la legalidad, se desarrollen con normalidad. Y revela, además, la baja estofa de que está embutida nuestra clase política, esa que solo sabe echar espumarajos de veneno y hiel y exhibe sin pudor a personajillos de todo prontuario y condición.

 

La indignación ciudadana ha sido precipitada por el blindaje efectivo a la venalidad y corruptela, perpetrado por una panda de oscuras mediocridades. Eso debe terminar. Y depende del jefe de Estado que ello ocurra. 

                                                                   Tomado de La República, 2 de junio del 2019